Me he despertado esta mañana con la noticia de la muerte de Delibes. Un pésimo buenos días.
Delibes fue una especie de segundo gran avance en mis lecturas. Confieso que en aquel tiempo ataqué primero hasta atracarme a mis héroes del boom latino americano, un torrente colectivo de talento y revolución literaria que liberaba nuestro cerebro juvenil de tanta presión y represión grises y aburridas, pero me hice rápido con lo que escribía un periodista de fama interna entre los periodistas, un tal Miguel Delibes, que dirigía por entonces “El Norte de Castilla”, ese diario con solera que consagró, entre otros, al jefe de la tribu española de grandes reporteros Manu Leguineche.
El talento de Delibes arranca de la sobriedad de la tierra en que nació, a la que tanto amó y de la que apenas se separó en los ochenta y nueve años de su fructífera vida literaria. Pero estoy convencido de que su narrativa tiene (para mí al menos) el aroma periodístico de la crónica, la impronta de ese dificilísimo estilo que es la sencillez, que sólo alcanzan los grandes. Como otros brillantes escritores, su inspiración deviene de su sentido periodístico Y su obra es tan diversa, tan rica en descripciones, y tan variada en la recreación de la naturaleza y de las vidas, que la considero inclasificable por exuberante.
Estas líneas son un modestísimo testimonio de sentimiento por la muerte de un escritorazo castellano y universal. No estamos tan sobrados de talentos como para no lamentar que uno de los mejores se vaya. Aunque, a ciencia cierta, sabemos muy bien que los mejores, por mucho que se alejen físicamente, se quedan aqui para siempre. Nunca el precepto evangélico tuvo tanta vigencia: por sus obras los conocereis.