Sigo a vueltas con mis amigos de allende los mares, con quienes mantengo contacto cibernético. Y continúo exprimiendo algunas vivencias viajeras.
Buenos Aires no es una ciudad, es la ciudad. No se puede hallar en el mundo más inquietud cultural y artística, más talento, por decímetro cuadrado –de defectos y exageraciones no es el momento de hablar- que en esa inmensa capital cuyos orígenes y usos sociales europeos le ganaron el título de la París de Sudamérica. Allí reside, si a residir le llamamos crear, mi amigo Norberto Baruch, infógrafo y diseñador del diario “Crítica”, anteriormente en “Clarín”, en “La Nación”, en “La Razón”, en “Página 12”, ex director de arte de McCann Erickson y profesor en distintas universidades. Y joven.
Baruch tiene un creativo blog, internacionalizado, sobre Periodismo en general y sobre diseño en particular, que se llama “Visualmente” (www.visualmenteblogspot.com) y que es visitado a diario por cibernautas de todo el mundo. (El primer capítulo de mi nuevo libro, “De Gutenberg a Obama”, podrá leerse pronto como primicia en “Visualmente”. Ha sido su espontánea deferencia que yo le agradezco.)
Conocí a este artista del diseño, como a tantos otros extraordinarios periodistas, en los cursos de “Ciudad del Periodismo”, exactamente en la “Cumbre Mundial de Diseño en Prensa”, a cuyas ediciones asistió regularmente.
Cuando llegamos a la capital argentina para presentar nuestro proyecto en la Universidad de Palermo, allí estaba Norberto, en el aeropuerto de Eceiza, a horas intempestivas, dispuesto a ejercer como docto cicerón en el largo trayecto hasta el hotel. En menos de una hora supimos más de Buenos Aires –Nuestra Señora del Buen Ayre—, de su historia, de sus esencias, que lo que puedan saber muchos argentinos, estoy seguro.
Habíamos tragelado un glorioso asado -¡oh, Dios mío, los asados argentinos!- y paseábamos satisfechos una tarde de sol por la Avenida 9 de Julio, la calle más ancha del mundo, cuando se me ocurrió decirle a Baruch: “¿Tú no crees que la figura de Carlos Gardel se mitificó por su temprana y accidentada muerte?” A Norberto, más conocido como Norbi por sus amigos y por él mismo, se le paró el pulso. Se detuvo. Me lanzó a la cara una mirada de fuego de al menos mil gigabytes, contuvo su furia y me respondió con serenidad apenas controlada:
“¡Vos no sabés nada de Carlos Gardel! ¡No tenés ni idea!”
Era verdad, me arrepentí de la tontería. Armado de paciencia didáctica, Norbi me explicó con detalle la versatilidad de Gardel como cantante único y universal, como dominador de todos los géneros. Me convenció. Pero de lo que más me convenció fue de la pasión que siente por sus gentes, por su tierra, por los colores albicelestes de su país.
Para rehacerme de la cariñosa lección sobre el más grande representante del tango que pariera el mundo, por la noche fuimos a cenar, maravilla de cena, a Puerto Madero y, para coronar la jornada, visitamos el sitio preferido de Baruch: un bar lejano y progre, “El Fin del Mundo”, donde reprodujimos, entre copas y risas, el milagro cotidiano del rito de la amistad, con él como sumo sacerdote: frases chispeantes y talante generoso hasta la madrugada.
Tengo recuerdos de Buenos Aires, de los amigos que me acompañaron y y de Norbi y de sus amigos como para escribir cien capítulos. Así es que tendré que volver algún día a rememorar aquí felices vivencias porteñas. Caminito. Corrientes. Plaza de Mayo. San Telmo. Boca y River. Merecen la pena. Para mí, al menos.
No sé qué extraña razón determina que el medidor más aproximado del ingenio, o, mejor, de la inteligencia, excluyendo los tests científicos de cociente mental, sea el sentido del humor, rara cualidad que no debe confundirse con la de humorista. Norbi es inteligente, ingenioso y creativo. También es algo raro, cómo no si es un genio, y muy atento y activo.
Le dedico este post en homenaje a la memoria de su madre, fallecida días atrás. Norbi es un buen hijo y un sentimental. Y está muy triste. Y a mi me afecta esa tristeza.
Echo de menos lo que más me gusta de él, que es su exclamación preferida cuando me saluda. Siempre me dice:
“¡Vos sos grande!”
Y eso hace que me sienta bien.
Lo siento de corazón, Norbi.
Vaya par de cracks. Los dos son grandes. Lo siento por tí, Norbi. Mi más sincero pesar por la pérdida de tu madre.
Un abrazo