Vuelva usted Mañana

Deconstruyendo el turismo de la Costa del Sol

Encuentro cierta similitud en la fragilidad que, ante las crisis, padecen los destinos turísticos, los hoteles, los restaurantes, y los periódicos. En todos los casos, el prestigio tarda años, lustros, décadas, en lograrse. Se gana con esfuerzo, sacrificio, ingenio, imaginación y siempre uno a uno, clientes o lectores. Y no todos los destinos turísticos ni todos hoteles ni todos los restaurantes ni todos los periódicos consiguen la posición máxima. Unos se conforman con tres estrellas, y para ellos es un objetivo óptimo; otros van a por las cuatro, donde se sentirán cómodos, y algunos, muy pocos, alcanzan la máxima distinción de la excelencia, o la quinta estrella. Lo de los periódicos es una referencia que, por conocimiento profesional, esbozo, pero hoy no voy a hablar de ellos.
La Costa del Sol es el paradigma de todos los empeños, triunfantes o frustrados, en la carrera hacia la supervivencia del propio destino y de los subsectores que lo integran. La Costa nació como una oportunidad coyuntural para que unos pueblecitos de pescadores cambiaran las jábegas por los visitantes nórdicos y las redes por las hamacas y los chiringuitos. Luego, el Hotel Pez Espada inició el camino del éxito. Y le siguieron el Don Pepe, el Marbella Club, Puente Romano, Los Monteros, el Hilton (Don Carlos), y otros muchos que fueron haciéndose un sitio bajo el sol hasta dar brillo mundial a la zona. Poco a poco, desde Vélez hasta Sotogrande, se creó la mejor oferta conjunta del litoral español, con opciones para turistas de todas las economías. Torremolinos se adelantó y pudo ser el gran referente, pero el pueblo no podía decidir porque no era pueblo. Y no pudo evitar llevarse el chaparrón de las criticas y la condena eterna por los desmanes que otros cometieron. Y se quedó para siempre en cuatro estrellas que, por cierto, son ahora las mejor valoradas de España.
Pero lo que le dio fama mundial a la Costa del Sol fue el altísimo nivel de Marbella, como ciudad ideal de clima, relax, diversión y clase… hasta que llegó el tío Gilito con la hoz y la tranca y segó las zonas verdes y las plantó de ladrillos y cambió glamour por cutrez y aparecieron las corrupciones, los mafiosos y sus crímenes. Y todo se descompuso. La Costa se vio arrastrada por el tsunami de la crisis inicialmente inmobiliaria y posteriormente general.
Ahora asistimos al derrumbe. Usando un palabro de la cocina moderna es como si se estuviera deconstruyendo el turismo en la Costa del Sol, pero no para mejorarlo sino para acabar con él. Como si alguien quisiera decir adiós a un modo de vida pacífico, progresista y enriquecedor que transformó la zona y la dio a conocer en todo el mundo. Los clientes se ganaron uno a uno, pero perderlos se están perdiendo a millares cada día que pasa.
Las noticias que salen ahora de la Costa del Sol hablan de espantosa vuelta atrás de municipios que habían dado un gigantesco paso hacia delante. Ruina, imaginación cero, odios africanos, río revuelto de oportunistas políticos, más desempleo que nunca. Otras hablan de cierres de hoteles emblemáticos: Las Dunas, Los Monteros, Biblos. Y, ante una situación de deterioro tan alarmante, qué se hace para detener la caída? Los empresarios del turismo, copartícipes del buen nombre de este destino, pelean, aportan ideas, igual que los trabajadores –principales víctimas siempre-, igual que los sindicatos, pero ¿y los responsables oficiales, qué hacen, aparte, claro, del viajeo, el figureo, el medalleo, las fotitos y los socorros promocionales? ¿Cómo es posible que la promoción siga siendo una hidra de varias cabezas, cada una con sus intereses políticos haciendo las cosas más inverosímiles? Respuesta sencilla: la oposición no toca lo que luego le va a venir de perlas. ¿No estamos hablando de despilfarros? ¿O sólo se llama despilfarro al subsidio de los pensionistas y al sueldo de funcionarios y (por oficiosidad del presidente autonómico, más papista que el presidente nacional) a los trabajadores de empresas públicas? Los grandes retos pendientes de la Costa pasaron de un siglo a otro y ahí siguen, abandonados: el saneamiento de las playas con espesas natas que nos asquearán unos cuántos veranos más; el pasillo ferroviario de la Costa, otra “moto”; nuevos hospitales o la deuda histórica, bolas imposibles de digerir. El Metro, retrasándose. El tijeretazo frenando las infraestructuras. Como dice mi amigo el “optimista”: nunca están las cosas tan mal como que no puedan ponerse peor. La vida sigue. Y la Costa del Sol deconstruyéndose…

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 23 de mayo 2010)

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