Después de cinco años de sufrimiento en prisión, acusado por “la envidia, la mentira” -lo dice él mismo- y por algo tan nuestro como la Inquisición (aglutinante español de todas las intransigencias), el agustino Fray Luis de León (1527 – 1591, inmenso escritor, poeta y humanista de nuestro Renacimiento, volvió de nuevo a su cátedra salmantina y, plantado ante sus estudiantes, como si no hubiera transcurrido tiempo alguno, repitió la frase cotidiana con la que, para recapitular la lección del día anterior, solía iniciar sus clases antes de que lo apresaran. Con naturalidad, y sin imaginar lo trascendente e histórico que habría de resultar, pronunció su famoso “Decíamos ayer…”
De esa forma, a partir de tan histórico momento, “Decíamos ayer” se convirtió, por lo siglos de los siglos, en una acertada definición de la vuelta a la normalidad tras una anormalidad, y en un referente de paréntesis de tiempos inútiles, perdidos, que se recuperan felizmente. Tan expresiva resultó la expresión, que terminó por popularizar a Fray Luis de León, por encima y más allá de su portentosa obra. De entonces acá, políticos, profesores, escritores, plumillas y hasta mindundis han plagiado la frase para aplicarla cada uno a su manera, dándose, a costa de Fray Luis, el pisto del que carecen, que, por cierto, no es mi caso. Ejem.
Pero, aunque la socorrida evocación me ha servido para arrancar el artículo y con ella he cubierto entretenidamente un buen trozo de papel, debo apresurarme a precisar que mi tema de hoy no va de lecciones históricas ni de almas ejemplares. Al contrario, quisiera referirme a quienes mienten más que hablan, a quienes no establecen paréntesis o corchetes para aislar errores continuados, a quienes no apetece recuperar la normalidad en la que un día habitaron, o pudieron habitar, porque ahora viven mejor, asentados en la oscuridad de sus eternas indefiniciones. O sea, a los contrarios a olvidar las tinieblas del camino andado y a rectificar noblemente afirmando sin complejos: “Decíamos ayer…”
Pero sería un contrasentido, habida cuenta de que todos poseemos experiencias personales de extraños comportamientos ajenos, dedicar tiempo y espacio a esas vidas de apariencias equívocas con las que convivimos cada día, en la política, en la calle, gente dura de corazón, terca en “sostenella y no enmendalla” e incapaz de empatizar con el sentir general o con el dolor particular. Mejor que eso es tomar el ejemplo inverso y referirme a quien puede personalizar, de modo paradigmático, la honradez y la coherencia entre discurso y gestión, sin necesidad de tener que recurrir, de cuando en cuando, a un falso decíamos ayer…
Y voy con el ejemplo. No he oído, en las últimas cien semanas, a nadie que hable con tanta sensatez cono habla Miguel Angel Revilla, el presidente de Cantabria, ese personaje tan singular, tan popular, que, te guste más o te guste menos, dice las cosas que todos pensamos y se queda tan pancho. Ojo a lo último que ha declarado: “Tener una televisión autonómica me parece una barbaridad”. “Me parece un poco indecente -ha precisado- que esas televisiones sean a la carta de los presidentes“. Revilla considera “más prioritario hacer un hospital, una carretera o un abastecimiento de agua que tener una televisión que es para gloria y boato del presidente de turno“. ¡Esto es asombroso! Y pronunciado, además, por un presidente autonómico, que, encima, es el único que dice abiertamente cuál es su sueldo real: 3.400 euros netos por doce meses.
Economista listo, disfrazado de cazurro pueblerino, Revilla reclama su derecho a fumar puros, defiende los treinta y tantos productivos años constitucionales, cree en el Estado de las Autonomías y, a su vez, en la fortaleza del Estado central; critica la Babel que algunos quieren imponer absurdamente en el Senado, en detrimento de una lengua universal con la que todos nos entendemos, y no ve mal llevar anchoas cántabras a La Zarzuela y a La Moncloa porque así publicita su tierra. Según encuestas del CIS, es el presidente mejor valorado en su Comunidad. Lo que este hombre dice hoy es lo mismo que decía ayer. Sin paréntesis.
Ha sido solo un ejemplo. Tenía que terminar este trabajo y Revilla era el personaje idóneo para contraponerlo a los que hoy se desdicen de lo de ayer. Por cierto, este es mi artículo número cien en esta sección de “La Opinión de Málaga”, mi querida Opi. Cien domingos consecutivos, sin respiro, dándoles los buenos días con más voluntad que acierto… No estoy del todo seguro de si lo que decíamos ayer es lo que decimos hoy. Ustedes sabrán. En cualquier caso, cien veces gracias por dejarme decir mis cosas.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 23 de enero 2011. Hace el número CIEN de los que llevo publicados en esta sección de opinión, que se inició el 22 de febrero de 2009)