La sociedad moderna es tan cambiante que ya no resulta difícil encontrar a hombres que reniegan del fútbol y a mujeres que asisten a los estadios con sus caras teñidas de pinturas de guerra. Sin embargo, el fútbol sigue siendo mayoritariamente una pasión masculina, en la que por cada equipo hay cien mil potenciales entrenadores. De fútbol, de política, de periodismo, todo el mundo sabe, todo el mundo entiende, algo que resulta divertido para mantener tono y elevación en las sobremesas y en las charlas de cafés. No digamos en las redes sociales, que son los guateques o los bares de antes.
De estos tres conductores sociales, a los que nos agarramos con fanatismo o rechazamos con desprecio –amor odio- sólo uno de ellos, el fútbol, se salvó de la debacle gracias a la televisión, década de los ochenta, campos que no se llenaban, España que no cuajaba como selección. Llegaron las privadas y revolucionaron el cotarro. Grandes fichajes, retransmisiones a gogó, fútbol del bueno en el salón de tu casa. Negocio del siglo. Y ahí sigue, saturando audiencias, enfrentando a millones de seguidores, expandiendo los escudos y los colores por el mundo entero. El más grande sucedáneo de felicidad, o infelicidad, personal y colectiva, que haya inventado jamás el hombre.
En cambio, para la política, la televisión sólo ha sido un espejo diáfano en el que se traslucen gestos, trampas y mentiras. Si la radio, en su tiempo exclusivo y dorado como medio caliente, fue el socio útil de los demagogos, la tele los desenmascara con facilidad y los pone a los pies de los caballos. De ahí que los políticos se hayan trasladado, en bandada, al territorio de las nuevas tecnologías, en el que se afincan, amparados en la virtualidad, en la instantaneidad, en la engañifa, en la concurrencia millonaria de tanto desocupado. O, incluso, instalados en el uso correcto de las redes, tal es el caso del presidente Obama que, dos años después del triunfo más sonado de la historia, sigue optimizando Internet como nadie lo ha hecho hasta ahora.
La pérdida de credibilidad de la actividad política se ha generado, seguramente, por motivos diversos, a saber: la crisis económica mundial, que nos ha fastidiado a todos y que casi todos achacamos a quienes mandan; la falta de ideas nuevas, no digamos ideales, a punto de convertirnos en una manada de borregos sólo atentos al instinto de rumiar y al ladrido del pastor o de su perro. ¿En qué se puede creer cuando la política sólo emite pésimas noticias, menos trabajo, menos dinero, más restricciones, que, por cierto, sólo afectan a la clase trabajadora? ¿Qué ideales pueden alimentar los jóvenes sin curro cuando leen, o ven en Internet, que los grandes bancos, las grandes empresas terminan sus ejercicios anuales con miles de millones de euros de beneficios? ¿Cómo creer a quienes predican sin dar trigo o a quienes colaboran en el desastre para luego asomar como salvadores?
Y en cuanto al periodismo, la otra materia en cuestión, sus problemas son complejos y graves, porque, en esencia, es el vehículo a través del cual transita la información, peculiaridad que le convierte en herramienta peligrosa y altamente combustible. La guerra desatada contra los periódicos impresos –los de toda la vida- ha creado una confusión generalizada. Se mezclan conceptos. Una cosa es el Periodismo, con mayúsculas, y otra los soportes a través de los que se expresa. Puede que éstos evolucionen y que la prensa escrita derive a las tabletas, con texturas casi como de papel, aunque, en su larga trayectoria, el papel atesora victorias concluyentes contra enemigos mortales como la radio y la tele.
Muchísima gente de todo el mundo, y yo mismo, nunca renunciaremos a la lectura tradicional de lo que llamamos Prensa a secas. Incluso confiamos en superar esa guerra de las galaxias que es el frente digital donde todo es virtual, hasta la lectura incómoda de los textos. Pero en cualquier caso, el Periodismo, como oficio, como profesión, como necesidad social, afirmo que está más fuerte que nunca y sostengo que domina y dominará todas las tecnologías presentes y futuras. Así es que, insistiendo en que, de fútbol, de política, de periodismo, todo el mundo entiende y que todos somos seleccionadores nacionales, todos somos políticos que arreglaríamos España desde la Moncloa y todos somos informadores que sabemos crear una noticia y colgarla en la red, me tranquiliza pensar que, cada vez más, la buena información está en manos de periodistas de verdad, aunque resulte divertido observar las piruetas cibernéticas de tanto diletante.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 13 marzo 2011.)