Intento describir un recuerdo infantil, a propósito de una nueva foto que me hace llegar mi amigo y paisano de Ceuta Pepe López Fuentes. Es una chumbera que retrató él mismo esta mañana en su paseo diario, que tanto envidio, por el Monte Hacho. Mis recuerdos volaron hasta una burbuja de colores, aislada en el sombrío paisaje de una posguerra de carencias y tonos grises, que era entonces mi vida y la de mis amigos de los agustinos y del Pasaje. Qué ricos y qué frescos aquellos higos chumbos que mi abuela María, dotada de una habilidad increíble, primero barría con un escobón y luego nos pelaba con su pequeño cuchillo sin que ni una sola espina se le clavara en las manos. Los traían en carretillas, Recinto abajo, desde las laderas del Hacho y los vendían por docenas, casa por casa. Los chumbos, envueltos hoy en plástico como fruta exótica de los supermercados, no muy apreciados en sus buenas propiedades como alimento, y muy caros, eran por entonces una merienda exquisita al alcance de las economías más endebles. Como las onzas de chocolate, o de sucedáneo de chocolate. Miro la foto y veo los mismos frutos apetitosos que dejábamos atrás cuando, desde el Parque de San Amaro, trepábamos monte arriba en vano intento de escondernos los días que nos fumábamos la clase de Matemáticas.
Pero, de pronto, empiezo a liarme y en vez de recrearme en aquella evocación de mi niñez en Ceuta, me sale a relucir, y sé porqué, una frase de un cantante de voz ronca que responde al nombre de Joaquín. Y es que suele decir Sabina que como fuera de la casa de uno no se está en ninguna parte. Es una muy ocurrente y fina ironía del más ingenioso de nuestros trovadores, que ahora se lamenta de haber dado lugar, por bocazas, a su imborrable fama de putero, borracho y drogadicto, caricatura que le perseguirá de por vida. Sostiene Sabina que su inspiración –puro derroche de poesía- nunca le llega en épocas de serenidad hogareña. Cuando se cansa de vivir como su dios le manda, sale pitando de su piso, se va muy lejos, se pelea con las musas y, en el altar de las noches, le ofrece sacrificios de encierros, efluvios, premeditaciones y alevosías, todo a cambio de versos hermosos que le harán muy feliz porque harán feliz a la gente. De ahí su mal concepto de lo doméstico, sinónimo de lo rutinario, enemigo público número uno, como se sabe, de la genialidad de los genios.
Pero, ojito, mucho ojo con la frase, que es solo una muestra del manejo inteligente de las palabras, porque a ver a qué llamamos la casa de uno, no sea cosa que nos estemos refiriendo a tu casa de la infancia, a aquel hogar en el que naciste y aprendiste a jugar, a reír, también a llorar, a aquellas calles por las que corrías detrás de una pelota de trapo, aquel Pasaje nuestro y de nuestros padres, largas noches de verano con tertulias hasta las tantas, jarras de agua fresca, higos chumbos y sandías…, porque –y ya por fin recupero el hilo- como en aquellas casas de nuestra patria de niños no se está en ninguna parte. Seguro, Sabina.
¡Qué bien hilado…! una bella postal para estos días pre-navideños que agotan con su exigencia.
La inocencia y el cantautor que nos da más de lo que esperamos son un buen bálsamo.
Gracias siempre.
Yo me quedo con Silvio.
Genial como siempre, amigo Rafael.
Me alegro de que esa foto te diera lugar a escribir lo que acabo de leer.
Me encanta todo, y además creo que lo sabes.
Cuando más se aprecia a una persona es cuando más se admira. Y este es mi caso contigo.
Un cariñoso abrazo.
Ah y trataré de enviarte más fotos que te arranquen.
Yo, como bien dice B. Martínez, me quedo con Silvio, el de Cuba (y el sevillano también), más que con los ripios burgueses de Sabina; puesto que aún tienen ese regusto a revolución, a “vamos a quitar las piedras porque debajo está la playa” que pregonaban los envidiados integrantes de la generación del mayo del 68.
Decir Ceuta para un Caballa tiene muchos matices, pero que muchos. Olores, sabores, recuerdos en blanco y negro, no sé si será por los años, imágenes que quedan en el recuerdo y que ahí duermen dulcemente. Decir Ceuta, nombrarla, me suena a niñez, amigos, una tal señora María en el 54 vendiendo leche en lecheras de aluminio con esa nata que nunca he vuelto a probar.
Gracias por este trocito de gloria entre tanto y tanto recuerdo barato, Sr. de Loma.