Hay noticias históricas, noticias sensacionales, noticias trágicas, raramente noticias agradables, por aquello de que las buenas noticias no son noticias, y hay también noticias “chorras”, que llenan minutos de informativos y que provocan multitud de comentarios.
La hermana radio me acaba de informar que las Universidades de Toronto y Columbia han hecho un seguimiento a fondo de las consecuencias que conllevan contar (y escuchar) chistes verdes en los centros de trabajo.
Supongo que los investigadores habrán entrevistado a miles de graciosos oficiales (los chisto-sos célebres) y a otos millares de abnegados oidores. Un trabajo ímprobo que habrá dejado listos de papeles a los encuestadores. El resultado es que los chistes verdes terminan depri-miendo al personal. Les crea desasosiego, aunque previamente puedan carcajearse. No es que a todo el mundo los chistes sobre sexo le produzcan el mismo efecto, porque hay peña que queda fascinada con las guarradas y se crecen hasta el éxtasis, pero a un porcentaje importan-te los deja hecho polvos, una vez soltada la risotada de rigor.
Las conclusiones obtenidas por el estudio no han sido reveladas en su totalidad. Ha trascendi-do, eso sí, que lo mejor, lo más saludable, es no hablar de sexo en el trabajo.
Hoy día las Universidades hacen estudios de todo tipo, y aseguran los entendidos que nunca resultan inútiles o estériles, por más que en ocasiones pueda parecerlo. La gente, cuando quiere argumentar sólidamente una rareza, dice que se ha investigado en una universidad nor-teamericana y tal aseveración le confiere un plus de credibilidad.
En septiembre del año pasado trascendió una noticia muy curiosa, que yo vaticinaba de tras-cendencia universal. Decía así: “La culpa de la infidelidad de los hombres la tiene un gen, el alelo 334, que gestiona la hormona vasopresina, según un estudio del Instituto Karolinska de Estocolmo”. A los hombres que tienen ese gen –no todos los hombres lo tienen- les cuesta horrores ser fieles a sus parejas, informaba la noticia fechada en Suecia. Qué hallazgo. Al fin se sabía que la infidelidad no era un acto de voluntad, de desprecio, de falta de respeto o de falta de amor, sino un impulso irremediable de la propia naturaleza. Qué dolor. Y se sabía también, al fin, que los hombres fieles, afortunados ellos, lo son porque no tienen ese gen maldito.
Yo pensé que aquello traería cola, porque era un descubrimiento científico que, tal vez, expli-caba muchos comportamientos, incluso de personajes históricos, que pudieron cambiar el mundo. Pero la noticia se quedó ahí. Nunca más se supo.