Cuando llegó a la solitaria playa, con los pies rotos por una larga caminata entre piedras; extenuada por el peso de la barriga de casi nueve meses, miró angustiada la pequeña armadura de madera posada en la arena, en la que debía acoplarse con otros seres ilusos como ella para iniciar una singladura a lo desconocido. Su cuerpo desnutrido, al límite de la resistencia, no le permitía seguir de pie ni un minuto más. Mientras los hombres se ocupaban de los preparativos para adentrarse en la inmensidad del océano, y trataban de habilitar sitios imposibles a todos, ella, ya apretujada con otras futuras madres, volvió a acariciar su vientre y sintió cómo una vida futura latía dentro de su propia vida. Entonces se ausentó de la triste realidad que la envolvía, del frio y del miedo que la atenazaban, y echó su mente a soñar. Y soñó para su hija (porque sabía que sería niña) un futuro feliz en una tierra libre, una tierra justa, en la que la mujer no era, como lo era en su propia tierra, una esclava sometida a un potencial asesino machista; una tierra justa en la que hombres y mujeres, mujeres y hombres, eran iguales ante la ley, en la que el trabajo constituía un derecho para todos por igual, un territorio de convivencia pacífica en el que no existía el hambre, en el que cada niño, cada niña, tenían garantizados el derecho a crecer con buena educación y excelente salud. Una tierra libre y rica donde la gente se dispone a celebrar un rito anual, al que llaman Navidad, que rememora el nacimiento en un pesebre de un niño dios muy pobre, y en cuyo tiempo (este tiempo en que ella va a jugárselo todo) las familias se juntan en grandes fiestas para comer, beber, cantar y bailar, no sin antes gastar mucho dinero en lujosas superficies comerciales repletas de abrigos y vestidos caros, zapatos, manjares, juguetes, chocolates, golosinas, tal y como ha visto alguna vez en la tele del poblado.
La patera inicia su singladura del horror. Hacinados, muertos de frio, se adentran lentamente entre tinieblas, sometidos al balanceo de las olas y al viento cortante que, poco a poco, va congelando sus rostros. El sufrimiento y la desolación sólo son vencidos por la esperanza de alcanzar un paraíso que le fue vendido a un alto precio. Las noches se suceden, las penalidades también. Súbitamente, unos gritos desgarradores alertan al responsable de la patera que decide acercarse lo más posible a la isla de Alborán, una sombra próxima en la oscuridad mediterránea. Se oye poco después, emergiendo entre risas colectivas de caras demacradas, el llanto de vida de un bebé. El canto glorioso de una nueva vida, no importa el lugar, no importan las circunstancias. Ha llegado una lancha salvadora, una gente salvadora.
En este instante ella es inmensamente feliz, aunque ignora que una tierra justa, a la que se dirige, no es aquella que permite que algunos hombres sin piedad sigan asesinando a sus mujeres porque las consideran propiedad personal. Y que no es libre ni justa una tierra en la que aumenta el desprecio al emigrante y el rechazo a las culturas que no son su propia cultura, como si no nos hubiéramos nutrido culturalmente de otros pueblos, como si no hubiéramos sido nosotros también emigrantes obligados a pasar calamidades en tierras extrañas. Y que una tierra libre no es aquella que tolera el drama aterrador de centenares de miles de familias desahuciadas y echadas a patadas de sus hogares porque no pueden pagar la hipoteca que tan alegremente le metieron por los ojos en tiempos de bonanza. Y que una tierra justa no es aquella en la que aumentan por día los comedores sociales y los parados.
El bebé en su regazo se está muriendo de frio. Está mojado y aterido. Alguien se lo quita suavemente de los brazos para salvarle la vida. Ella adivina, entre las sombras y las olas, a un ser especial que coge a la niña con exquisito cuidado, abrigándola y protegiéndola de la baja temperatura. Ve cómo el hombre seca el cuerpo diminuto, como lo envuelve con algo que ella piensa que es amor. En estado febril, como si soñara, cree ver la figura navideña de un Papa Noel socorriendo a su hijita, a quien no pierde de vista en ningún momento. Pasan las horas y llegan al paraíso. Ahora se fija muy bien. No. No es un bonachón Papa Noel de ropajes rojos ribeteados de blanco quien apareció de pronto en esa noche de marejada pre navideña. No. El hombre que tiene a su bebé en brazos, que lo mece, que lo mira con ternura, que lo tapa del frio, que lo acaricia, no es Papa Noel ni va vestido de rojo. Lo ve claramente. Va uniformado de verde y le está devolviendo sonriente la mirada.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 19 diciembre 2010)