Vuelva usted Mañana

Cuando queríamos ser europeos

Primero, un señor bajito que mandaba la hostia quiso meternos en la cabeza, por el procedimiento de la letra con sangre entra y por espacio de casi cuarenta años,  que había que odiar a Europa, porque Europa eran los prepotentes gabachos, los nórdicos cornudos, la pérfida Albión, los amanerados italianos. Y, claro, una cruzada tan machacona que se iniciaba en la infancia con la formación del espíritu nacional, alguna huella terminaría dejando entre los más cabestros, quienes, impasible el ademán, siguieron creyendo que lo único importante en la vida era ser español. Ese fue uno de los grandes handicaps para la asunción plena de la democracia y para que ésta (desaparecido ya el bajito) no se hiciera esperar. Otro de los obstáculos fue la odisea política para abolir los injustos privilegios de las familias de siempre, de los militarotes con mando en plaza y de las legiones de paniaguados, en un intento histórico y heróico de repartir entre todos los españoles obligaciones, derechos y libertades. Eso que ahora llamamos Transición.

Pero cuando marchamos todos juntos (los conversos, los primeros), por la senda constitucional, nos dimos cuenta de que Europa era un destino chulo, no universal, donde se vivía mejor que en Africa. Y empezamos a sacudirnos los zapatos del polvo del subdesarrollo y corrimos como posesos (es un decir) para superar los Pirineos y llegar a los Alpes con más ganas que Indurain.

En esos años habríamos votado como locos en unas elecciones para el Parlamento europeo, tales eran la ansiedad, el ardor y la pura necesidad por saltar cuanto antes desde este país de carencias básicas hasta una región rica y de progreso, que ya conocíamos (porque viajábamos) y de la que sentíamos envidia cochina.

Pero, bueno, contado así pareciera que hubiéramos dado saltos de alegría por votar. Aquí nadie bota por votar. Nunca. Lo que digo es que entrar en Europa, aunque siempre habíamos estado en ella geográficamente, fue como viajar al futuro sin billete de regreso. En unos años nos cambió la vida. Qué satisfacción nos producía visitar de nuevo Bruselas, Paris, Londres, y comprobar que el parque móvil era similar al nuestro, no como antes que, al regresar, te daban ganas de llorar viendo las pequeñas tartanas reptando dificultosamente por nuestras estrechas y bacheadas carreteras. De pronto, teníamos autovías. Y Aves. Y éramos ya un país tan caro como los otros. Y hasta nos manejamos con una moneda común. Adiós a la peseta, adiós para siempre al símbolo de una dilatada época de sobresaltos, escaseces y espera desesperante de mejores tiempos.

Pues bien. Todo eso es historia. Alcanzados los objetivos, hoy celebramos con injustificada apatía e indiferencia una jornada electoral para elegir a nuestros representantes en la casa común europea. Como mi ánimo natural es de paz, y últimamente navego bastante alejado de crispaciones, no quiero calificar los métodos y contenidos empleados en la campaña por los diferentes partidos. Ni siquiera pienso decir que han sido lamentables. Insto, eso sí, a mis lectores a ejercer su sacrosanto derecho al voto, por varias razones. La primera de ellas, porque el ejercicio del voto nos ha dado libertades y nivel de vida. Y también para tener derecho a quejarnos o modificar o ratificar nuestro voto en la siguiente convocatoria. Debemos votar por convicción (yo lo haré), a pesar, incluso, de algunas cosas o alguna gente que puedan producirnos repugnancia.

Y en cuanto a lo que votamos, parece que todavía hay españoles que siguen ignorando qué es Europa. Parafraseando a un clásico, a Becquer, por ejemplo, y a sus “Rimas”, ambos universales, ahí estaría la respuesta al español dubitativo o escéptico:

“¿Qué es Europa –dices mientras clavas en mi pupila tu bandera azul-

¿Qué es Europa? ¿Y tú me lo preguntas?

Europa… eres tú.”

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 7  junio 2009)

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