La prensa escrita pide ayuda y dineros a la administración. Y surgen críticas furibundas como si fuera el gran escándalo del siglo, como si se tratara de algo nuevo y no una práctica habitual de las empresas y de los gobiernos desde hace doscientos años.
En forma de publicidad institucional, de subvenciones o directamente de ayudas oficiales, la prensa siempre ha recibido inyecciones de supervivencia desde el Estado, como las reciben hoy los bancos o las fábricas de automóviles, incluso en muchísima menor cuantía. Así es que puede criticarse el hecho pero no alarmarse como si se tratara de un nuevo virus de chupopterismo.
En la República, en las dictaduras, en la democracia, bajo cualquier sistema o circunstancias, los periódicos han recibido oxígeno público y la verdad es que no siempre de manera ortodoxa, de ahí la leyenda del llamado “fondo de reptiles” (comprar el gobierno de turno oculta o descaradamente la opinión favorable de algunos medios), frase acuñada en el siglo diecinueve por su primer practicante el canciller alemán Otto von Bismarck y practicada después por Hitler, Mussolini, Franco, etc. “Tenemos que comprar periódicos”, se decía mucho dentro de los partidos en los años de nuestra Transición. Y Fraga, siempre original, se permitía afinar: “Es más barato y rentable comprar periodistas que comprar periódicos”.
Hoy, las crisis amenazan a los periódicos de papel y también a los digitales. El análisis de la situación nos llevaría a determinar que el futuro parece estar en el aire, quiero decir en lo virtual. Sin embargo, lo chocante es que los enemigos más acérrimos de la prensa escrita, los que con más saña, irracionalidad y sin ninguna piedad piden su desaparición, son algunos periodistas digitales, que quizá entienden que sólo podrán desarrollarse cuando acaben con la galaxia impresa. Alguien se preguntaba, cuando hablábamos del tema: En el fondo de esta cruzada, y ante tanta evidente y gratuita beligerancia ¿estamos seguros de que sólo prevalece la deducción lógica de un cambio inevitable de ciclo o, por el contrario, existen en determinados profesionales motivos espúreos de inseguridades, de deseos de “vendetta”, de frustraciones personales?
Es muy fuerte asegurar tal hipótesis. Mejor, y más gratificante, es pensar que todos los periodistas sentimos el periodismo, aunque desde distintas perspectivas. Y ya está,