Si la diligencia y la efectividad demostradas en sesenta años de desarrollo turístico de la Costa del Sol hubiera repercutido por igual en todos sus procesos evolutivos, no sufriríamos hoy, cuando pretendemos darnos un refrescante chapuzón, la desagradable y asquerosa sensación de vernos súbitamente inmersos en un mar de nata viscosa, y ustedes perdonen, en lugar de nadar limpiamente en una orilla transparente como Dios manda. Es la verdad y debemos reflejarla para ver, si de una vez por todas, se resuelve el problema de los vertidos, nuestra asignatura pendiente de toda la vida.
Que la gente de aquí lo tome como natural, a fuerza de padecerlo un año sí y otro también, no debe rebajar lo más mínimo el tono de crítica que merece esta permanente dejación oficial. Pensemos en el daño de imagen que proyecta, en el impacto que reciben los visitantes bañistas cuando se adentran en lo que creen un agua limpia…
Reitero mi tesis de que el reconocimiento internacional obtenido por la Costa del Sol, su archiconocido boom turístico, se debe al genio de los pioneros, al mérito e iniciativas de promotores empresariales grandes, medianos y pequeños; al trabajo y a la imaginación de directores y gerentes y al esfuerzo de especialistas y trabajadores. (Algún día habrá que reunir a quienes aún permanecen al pie del cañón y homenajearles públicamente, y recordar a los artífices del milagro que ya no están. Dejo aquí la iniciativa.) También afirmo que, en ilógica contrapartida, la contribución del sector público ha sido la estrictamente obligada y no siempre la necesaria.
Durante décadas, la carencia de infraestructuras y de accesos representaron factores negativos –imputables siempre a la Administración- que impidieron el crecimiento armónico de la zona. En el catálogo de tales necesidades vitales, que seguimos reclamando ahora como lo hacíamos hace treinta años, figura en lugar preferente el Plan de Saneamiento Integral. Disponemos hoy de excelentes comunicaciones, magníficas instalaciones de acceso por tierra, mar y aire -hay que reconocerlo y disfrutarlo-, pero sigue ahí la desagradable realidad de la porquería flotante, pendiente de los trescientos millones de euros (¿…?) que, dicen, hacen falta para alcanzar el “vertido cero” en 2012, año, por cierto, de elecciones, como si no se hubieran gastado diez veces esa cantidad durante seis lustros de chapuzas oficiosas.
Hasta ahora, y no en todos los municipios, funcionan las depuradoras que alivian la suciedad de las orillas, y también unos barquitos que van recogiendo los desechos de la superficie. Pero, ¿qué ocurre? Pues que las mareas orientan las bazofias de una playa a otra y el esfuerzo, los costes, resultan baldíos. Así es que ninguna solución global más que el ansiado, exigido, implorado y necesario Plan de Saneamiento Integral.
Antes de que el litoral se abarrotara de colmenas aberrantes y grandes urbanizaciones; antes de que construcciones chapuceras, en auténticas avalanchas, volcaran sus cañerías en nuestro sufrido Mediterráneo, las coquetas playitas de la Costa eran un lujazo para los bañistas, un lujo del que seguramente no fuimos conscientes hasta que lo perdimos. Recuerdo la playa de La Bajadilla, en la por entonces encantadora Marbella, junto al puerto de pescadores, donde podíamos bañarnos en aguas claras y, de paso, hacer acopio de sabrosas coquinas, exquisitos frutos del mar que, en grandes cantidades, se escondían dos centímetros bajo una arena no contaminada. ¡Y ya por entonces escribíamos en los periódicos sobre la necesidad de construir grandes emisarios en toda la costa!
De aquel tiempo acá hemos evolucionado, aumentado nuestro nivel de vida -las zonas turísticas, lo digo siempre, superan en calidad a las no turísticas-, se construyeron bellos paseos marítimos y óptimos servicios playeros…, pero no fue capaz la Administración de mantener transparencia y salubridad en nuestras aguas. Ahí seguimos, obstinadamente, en cabeza del ranking turístico de la cutrez. Es ahora, en agosto, placidez de calma chicha, gente muy principal visitándonos, el momento de poner el grito en el cielo. Cuando llegue septiembre volverá el griterío político y nos harán olvidar la mugre que nos envuelve estos días. Estoy por recurrir a la capacidad mediática del célebre Arturito Torremocha quien, escapado por un momento del papel, acaba de aparecer en la arena. Lo veo chapoteando con sus “kelmes” en la pringosa orilla.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 8 de agosto 2010) (La foto, también del mismo diario, corresponde a la céntrica playa de la Malagueta, en la actualidad. Puede apreciarse la mancha de suciedad flotante)
Ya he escrito yo también varias veces sobre este tema. Absolutamente inadmisible que no se resuelva este tema en una Costa del Sol, emblema de la principal industria de España. Un saludo.