El no uso periodístico de la presunción de inocencia puede acarrear desastrosas consecuencias tras una detención policíaca. También la exhibición pública innecesaria de los detenidos. Y como es tema de actualidad, tras la ruina vital que un patinazo colectivo ha deparado en Tenerife a un joven, acusado precipitada y falsamente de provocar la muerte de una niña de tres años, voy a recordar una anécdota desagradable por la que tuve que pasar como periodista, por un adjetivo de menos, y luego reflexionaré sobre la terrible frialdad y escalofriante impudicia con que se despachan últimamente estos delicados temas.
Lo mío, ciertamente, tuvo escasa importancia y me afectó sólo a mi, no al delincuente –ahora no digo presunto delincuente- que fue quien me llevó a los tribunales. Corría, creo recordar, el año 82, con casi cuatro años ya de Constitución. La noticia originaria, según datos policiales y de agencias informativas, era la detención, en Puerto Banús, de un peligroso narcotraficante colombiano llamado Dorticos (o algo así) al que intervinieron en su domicilio drogas, escopetas de cañones recortados y cantidades dinerarias. Mi periódico, “Sol de España”, dio aquella noticia incurriendo en el mismo fallo técnico que el resto de los diarios; es decir, sin anteponer a la palabra delincuente el adjetivo “presunto” que, en un estado de derecho como el nuestro, te libera de mayor responsabilidad informativa. El redactor de sucesos dio por buena la nota oficial –todo el mundo la dio por buena- y nada ocurrió hasta que un abogado muy atildado y muy chulesco se presentó en mi despacho de director y me conminó, con amenazas, a que publicara que su delincuente era “supuesto delincuente”. Le respondí que estaba dispuesto a hacerlo si los demás medios lo hacían, pero a él sólo le obsesionaba “Sol de España” y, en plan furibundo, me anunció a grito pelado una querella si no enmendaba la información al día siguiente. Reconozco que, alguna vez, en la vorágine de la frenética actividad de un diario, se pierde la serenidad. Y yo la perdí aquella tarde. Eché destempladamente del despacho a aquel insolente. Y, por supuesto, no rectifiqué nada. Desde la puerta me lanzó la última bravata: “¡Nos veremos en los tribunales!”
Nunca más volví a ver a aquel picapleitos que tan fieramente defendía sus supuestos fabulosos emolumentos, pero el muy cretino se salió con la suya, porque dos años más tarde, cuando ya ni siquiera se publicaba el periódico y yo tenía olvidado el incidente, fui reclamado por la Audiencia y tuve que asistir a un juicio que duró sólo un minuto: el tiempo justo para que el fiscal solicitara mi libre absolución con todos los pronunciamientos favorables y para que el juez dictara sentencia in vocce, exonerándome de cualquier culpabilidad. Por supuesto, no asistió el fiel escudero defensor ni tampoco su querido “narco”, prófugo de la justicia y con orden de caza y captura por Interpol. No sé si el pájaro seguirá volando o estará ya en su jaula definitiva, pero a mi me quedó el recuerdo, que acepto a mi pesar, de una desagradable experiencia periodística.
Y ahora nos plantamos en el caso del joven de 24 años que, el pasado día 21 de noviembre, fue acusado en Tenerife de la muerte de la niña de 3 años Aitana, hija de su novia, que, según unos médicos presurosos y frívolos, fue víctima de abuso sexual y gravísimas lesiones. La gente, envenenada de antemano, se lanzó a por el “criminal”. En la tele se oía el grito de la masa enfurecida que bramaba contra el muchacho cuando lo conducían esposado al tribunal. Fue exhibido sin pudor y nadie previó su constitucional presunción de inocencia. Un diario nacional dio en primera un fotón que adjetivó sin rodeos: “La mirada asesina de una niña de tres años”… Y en eso llegó el juez que consideró los resultados de la autopsia y comprobó que la muerte de la pequeña había sido ocasional, provocada por los golpes que se dio al caer de un columpio. El columpiazo colectivo, sin embargo, no ha tenido consecuencias. El director del diario de la mirada asesina pidió perdón y algunos presentadores de telediarios mostraron su consternación. Y ya está. Total, ¿qué importan un adjetivo más o un adjetivo menos, una “ejemplarización” de más o de menos? Lo que interesa es el morbo, el babeo, el pan y circo. Qué más da que un muchacho inocente lleve consigo para siempre el estigma de la sospecha que le han marcado a fuego para disfrute del respetable.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 6 diciembre 2009)
Tienes toda la razón, amigo Rafael, los medios de comunicación persiguen el morbo desde hace muchos años y olvidan además su vocación de servicio público. Nos estamos convirtiendo en carroñeros, como los tertulianos de la prensa rosa.
Todo está mediatizado e influenciado. La justicia, la policía y los medios de comunicación están bajo la presión de grupos políticos o grupos de poder que utilizan a verdaderos profesionales en el hundimiento de personas. El caso de este chaval no es el único y si mirásemos en la hemeroteca nos saldrían muchos otros, la única diferencia es que ha sido muy rápida su exoneración. Si en vez de unos días hubieran sido uno, dos o cinco años, ya no se acordaría nadie y los medios lo hubieran despachado con un suelto escondido en alguna página par.