Ya no se mata ni se muere tanto en las carreteras españolas. Suena mal si lo digo así. Suena como a novela negra o a cine de terror, pero no estoy hablando, obviamente, de ese tipo de crímenes, sino de la cantidad de muertes por accidentes de circulación que nos estamos ahorrando últimamente. Tres mil personas –nunca nadie sabrá quiénes- han sobrevivido este año a las criminales estadísticas del tráfico. Donde antes la cifra era de cinco mil víctimas mortales, ahora se ha reducido a dos mil. No es una simple buena noticia. Es una noticia sensacionalmente buena, pero como tal carece de interés mediático. Sin embargo debería ser divulgada al máximo, deberíamos reflexionar todos, porque revela el cambio radical que se está produciendo de una realidad a otra.
De tan sabidas, las tragedias del tráfico nunca nos alarman. Ni siquiera nos preocupan. Es el pan nuestro de cada día, algo que nunca nos ocurre a nosotros; sólo a los demás. Cada fin de semana, de mes o de año, los telediarios nos meten por los ojos a la hora del almuerzo cifras luctuosas, imágenes sangrientas, de las que apartamos la mirada porque estamos comiendo. Es quizá el único segundo en que recibimos un desagradable impacto visual sobre la realidad del cada dia, pero es también el mismo segundo que precede al olvido absoluto de lo que hemos visto. No queremos caer en la cuenta de que todos utilizamos el transporte y todos somos potenciales víctimas, unas veces por propia incompetencia o descuido y otras por incompetencia o descuido de los otros.
La cotidianeidad nos impide dimensionar la importancia de las tragedias familiares que suponen los accidentes. En alguna ocasión la tristeza nos roza porque conocemos a alguna víctima del horror circulatorio. En tales caso no pasamos del lamento efímero. Volvemos rápidos a los desplazamientos, al coche, a las prisas, a la velocidad.
Tengo observado que las únicas noticias sobre hechos violentos, con muertos y heridos. que apenas interesan a los ciudadanos son las de accidentes de tráfico. Cuántas veces habremos comentado que las cifras anuales de tales noticias llegan a ser superiores a las de grandes catástrofes naturales o a las de batallas históricas. Y sin embargo pasan desapercibidas. Sin duda, los sucesos cotidianos se asimilan como parte rutinaria de la vida (y de la muerte) y, en cambio, siguen impresionándonos los accidentes aéreos, aunque sepamos a ciencia cierta que el avión es, pese a lo que cabría suponer, el modo más seguro de viajar.
Aún son recordados los tiempos en que nuestras carreteras eran las más peligrosas de Europa. A la antigua Nacional 3-40, a su paso por la Costa del Sol, la llamábamos los periodistas la Crimi-Nal -340. Los diarios ingleses se referían a ella como la vía más siniestra del Reino Unido por la cantidad de británicos que morían en su asfalto. Hoy, aquel lunar de nuestra historia turística es solo un error del pasado; un error de quienes mandaban, claro; de aquellos que utilizaban las divisas del turismo –y de los emigrantes- para pagar la factura del petróleo, pero que no invertían ni un mísero duro en infraestructuras de la zona.
Cuando lo habitual es hacer crítica de casi todo, porque casi nada funciona, resulta hasta agradable poder comentar que los tiempos han evolucionado; que, por fin, las autoridades correspondientes –que para eso son elegidas- han tomado y nos han hecho tomar conciencia. Se han hecho espectaculares mejoras en la red viaria, se han diseñado con insistencia y tozudez campañas de mentalización con más o menos buen gusto. La implantación del carnet de puntos ha resultado positiva, los antipáticos controles de los agentes, también. Y si a todo eso le unimos el poquito que hemos puesto de nuestra parte, el balance final es bastante prometedor. Se ha reducido en un 60 por ciento el número de muertos y heridos, aunque los resultados anuales sigan pareciéndonos auténticos partes de guerra.
Fue Mariano José de Larra –uno de cuyos más famosos artículos da nombre a este blog – quien dijo en cierta ocasión que “escribir en España es llorar”. Sigue siendo cierto en muchos aspectos, pero hay uno –el pulso que estamos ganando a diario a la muerte en carretera-, que nos está evitando muchas lágrimas. Es como si se nos abrieran, sin saberlo, nuevas esperanzas. De vida.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 10 enero 2010)