Vuelva usted Mañana

Cuán gritan estos malditos

El energúmeno que los ciudadanos de algunos países llevan dentro, nosotros los españoles lo llevamos fuera. La verdad es que nunca hemos sido un país sosegado. Comparados con la dulzura de habla de nuestros primos hermanos de América, con la melosidad de sus expresiones, con el tono acariciante, risueño y agradable de sus conversaciones, mas bien debemos considerarnos gritones, radicales, destemplados y ariscos. Creo que lo llevamos en la masa de la sangre, tan mezclada y caliente. No hay debate, velada, tertulia, reunión, conciliábulo, coloquio o cenáculo, en nuestros mediatizados medios, en los que no predominen los gritos y la agresividad verbal, sean cuales sean los temas a discutir, no a tratar. Es igual que se hable de la crisis, de las próximas elecciones, de la perra que han cogido algunos con la prohibición de fumar en locales cerrados, o que se trate de un tema tan trascendental como la infidelidad del amigo del cuñado del chófer de un acompañante de uno de los excelsos personajes del nuevo y distinguidoGotha” de nuestra jet televisiva. Respiren. También nos desgañitamos cuando vemos el fútbol desde las gradas, en el salón de la casa o en el bar; cuando otro coche roza el capó del nuestro y le hace un bollito o unos arañazos; cuando creemos que el profe mira mal a nuestro niño; incluso, cuando, haciendo ímprobos esfuerzos por aparentar que somos educados, se nos escapa el famoso y muy celtibérico tonillo amenazante de usted no sabe con quién está hablando.

Elaborado mi propio análisis de este exceso estructural –causante a buen seguro de una merecida imagen externa de carpetovetónicos, cavernícolas o retrógrados–, estoy seguro de haber hallado las causas principales que lo motivan. Lo primero de todo son los libros que, por no leerlos, nos tienen los nervios crispados. Si hay algo que proporciona serenidad y quietud es la lectura de un libro. Y más ahora que ya ni siquiera hace falta el propio libro, en su concepto tradicional, para poderlo leer. Inventado el eBook y las tabletas, sólo hay que disponer de un iPad, o similar, para recrearse en las más hermosas narraciones literarias, en los ensayos más interesantes, en los tratados más instructivos, incluso en sustanciosas tesis sobre la cría del ajoporro. No renuncio, ni mucho menos, al beneficio mental y al sosiego de espíritu que produce la lectura acomodada de los libros editados como mandan los dioses, con su papel de siempre, su letra bien impresa, sus pastas, su textura, su manejabilidad, ideales para huir de un mundo antipático, desilusionante y, sobre todo, gritón y de mal genio. Pero, bueno, también valen los sucedáneos y pueden servirnos los libros electrónicos, si de lo que se trata es de conseguir aplacar momentáneamente nuestras histerias y nuestros vómitos de exabruptos y groserías. Al menos, el tiempo que dedicáramos a leer no lo emplearíamos en gritarnos el uno al otro.

La música también nos crea inquietud, desazón y ganas de chillar, debido a nuestro escaso consumo. La sustitución masiva y metódica de gloriosas y armónicas notas musicales por sucesiones de ruidos irritantes, acompasados o desacompasados, es una constante en nuestras vidas, desde luego en las vidas de quienes habitan encima de botellones, discotecas y tugurios. El medio de expresión y comunicación más sublime de la humanidad, o quizá de la divinidad, es la música. En ella están las pasiones del amor, las nostalgias, los deseos, el bienestar espiritual, y hasta cuando es utilizada y manipulada al servicio del mal (de las guerras y los ejércitos) sus notas, convertidas en himnos belicosos y trepidantes, pueden llegar a encandilar. Sin embargo, preferimos los ruidos para mezclarlos con el vocerío.

Si siguiéramos el ejemplo de Julia Roberts en “Pretty woman”, cuando Richard Gere la lleva a ver y oir ópera, y ella queda obnubilada, seguro que reduciríamos el tiempo que invertimos en pegarle gritos a todo dios, venga o no venga a cuento. Saco a colación esta película que versiona a la Cenicienta de estos tiempos porque la ven, cíclicamente, millones de personas, hombres incluídos, y visualiza bien el fenómeno. No es preciso fletar un avión hasta Nueva York ni pagar un carísimo palco en el Metropolitan; ni ir a Madrid o Barcelona, al Teatro Real o al Liceo, para oir buena música. Basta con un CD baratito. O una descarga gratis.

Hay más causas por las que somos un pueblo escandaloso. Y deberíamos averiguarlas. Y erradicarlas. No es nada elegante ir por la vida pegando gritos, como vamos los españoles.


Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 9 de enero 2011)

Una respuesta to “Cuán gritan estos malditos”

  1. caberna dice:

    Tiene vd. toda la razón. Y además ahora parece que cada vez está más de moda ser maleducado, lanzar improperios a las primeras de cambio al primero que se atreva a contradecirnos o a intentar hacer las cosas bien.

    Está de moda no saber nada de nada, no ser riguroso en nada, simplemente abrir la boca y soltar la primara burrada oída en un pseudotertulia radiofónica o televisiva o en una de esas páginas de internet tan poco acertadas en sus afirmaciones.

    En fin, que como dice, lo mejor sería tener un libro en las manos. Y no es mal consejo para este 2011: Cada vez que tengan la tentación de pelear a gritos, mejor cojan un libro.

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