Vuelva usted Mañana

Crónica de 33 muertes anunciadas

El milagro de Chile”. Ese podría haber sido el título de este artículo y no sería exagerado, sino, ¿de qué y por qué se concentró milagrosamente en el desierto de Atacama toda la fe de miles de millones de personas para que la tierra devolviera a la luz, por un estrecho conducto entre la roca viva, a treinta y tres hombres pobres, sacrificados, explotados, condenados a una muerte horrible y estremecedora a setecientos metros bajo tierra? Nada menos que “The Times”, una de las biblias del periodismo mundial, rotulaba a cinco columnas: “The Miracle of San José” (“El milagro de San José”).

Dicen que los asesores del presidente Piñera, incluso algunos de sus ministros, le aconsejaron seriamente no implicarse en exceso en lo que, a priori, y dada la situación crítica de los mineros sepultados, más asemejaba la crónica de 33 muertes anunciadas que el relato de un rescate milagroso. Pero, afortunadamente, otras voces aconsejaron intentar lo imposible y pedir ayuda desesperada a la Nasa y a gobiernos y compañías de otros países (entre ellos España, cuya empresa Abengoa participó activamente en la operación rescate). ¿Acaso no era posible creer que una cantidad ingente de energía procedente de los más apartados rincones del mundo podría ayudar a que lo que iba para luto y dolor se convirtiera, inesperadamente, en canto de vida y felicidad? ¿Por qué los deseos del mundo entero, canalizados a través de positivos fluídos energéticos, no podían ayudar a la ciencia en el intento último de dominar a la roca y hacer salir de las entrañas de la mina a unos obreros desamparados? Otro diario, de un país lejano, proclamaba a toda página: “75 por ciento ciencia, 25 por ciento milagro”.

“La lección de Chile”. También podía haber sido éste el titular de mi artículo. La tragedia, retransmitida en directo, de 33 mineros anónimos enterrados en vida, nos embargó el ánimo colectivo a no sé cuántos miles de millones de personas. A mi, personalmente, lo reconozco, me tuvo enganchado a la tele un montón de horas. Y confieso que me emocioné con la entrada del primer rescatador y con su última salida heroica, y con las apariciones del primer y del último minero. Y sentí un gozo muy especial con los cánticos del pueblo, con la fiesta por las calles del país (país que conozco y que recuerdo con devoción y cariño), con los encuentros entre víctimas y familiares. Los chilenos, todos los chilenos (en una tierra todavía injusta, con dos muy diferenciadas clases sociales) se unieron en la esperanza y en la alegría y nos estaban enseñando a resolver con las armas de la solidaridad, la unión, la entrega y, sobre todo, la fe, un problema que se mostraba irresoluble y al que no debía enfrentarse en solitario la ciencia por muy avanzada y sofisticada que fuese.

El ejemplo de Chile”. Otro posible título para este artículo. Nadie nunca dio ejemplo más formidable que el que dieron las buenas gentes de Chile. Si alguna vez, en un histórico y sangriento suceso político, fue Chile una mala noticia para sus propios ciudadanos y para el mundo, esta vez ha protagonizado, sin ninguna duda, la más hermosa y aleccionadora de las noticias que pueda jamás generar un pueblo. La noticia limpia, sin ninguna contaminación, del amor entre las gentes. La puesta en valor del más humano de los valores, que es el de la solidaridad. Chile ha vivido su tragedia mirando para adentro, poniendo la mirada en el refugio de la Mina San José, clavando sus ojos en la cara de angustia de sus mineros. No ha perdido el tiempo en echar un vistazo más allá de sus fronteras, aún sabiendo que eran el foco de atención mundial. Si este suceso se produce en otro país, seguramente hubiéramos visto en el campamento grandes estructuras, carteles luminosos, una superproducción de Hollywood. Pero en Chile, no. Ahí hemos visto tres tubos y una rueda soportando una grúa en medio de una tierra seca e inhóspita. Una cápsula diseñada para una sola persona. Y mucho calor humano alrededor. Y ese ha sido otro ejemplo, esta vez de sobriedad, de pragmatismo y de sencillez, frente a estilos imperantes de exhibicionismos y ostentaciones. La era tecnológica que domina hoy al periodismo, a la comunicación, ha hecho posible que el vaticinio de aldea global, que auguró McLuhan, haya sido, una vez más, una espectacular realidad y no precisamente virtual. Primero fue la guerra del Golfo, luego las Torres Gemelas, dos desgracias que casi palpamos en directo. Ahora ha sido la mayor demostración de solidaridad, cohesión, entrega y fe de la historia de la humanidad. Estoy orgulloso de Chile. Me siento chileno.

Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 17 de octubre 2010)

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