De ser un referente en la industria, en la productividad, en la seriedad; de ser el paradigma de lo bien hecho, de lo bien fabricado, de la calidad, de la preocupación por el medio ambiente; de ser un ejemplo para todo, Alemania, en cuestión de días, ha pasado a importarnos un pepino. Bueno, quizá no tanto, pero eso es lo que ha dicho, más o menos, la consejera andaluza de Agricultura, después que el gobierno de Berlín se negara a devolvernos el crédito de nuestros productos hortofrutícolas, tirados por los suelos tras ser culpados irresponsablemente de portar la famosa bacteria letal “E. coli”.
Pero, mira por donde, al fin se ha demostrado que nuestros pepinos son inocentes. Y nuestras lechugas. Y nuestros tomates. Sin embargo, no basta con que las autoridades alemanas lo reconozcan y reconozcan también que la causa de las veintinueve muertes está en una granja de brotes de soja en Sajonia. Lo que importa ahora es que las empresas españolas recuperen sus pérdidas y, sobre todo, que se les reintegre el bien ganado prestigio cualitativo a nuestros productos andaluces.
En plena crisis económica, el palo que le han dado a nuestra agricultura, uno de los pocos sectores que se había salvado de la quema y que exportaba con éxito a Europa, es como para no mirar más a la cara a sus causantes. Y denunciarlos. Y exigirles compensaciones que se correspondan con el daño infligido. Que Europa pague lo que Europa ha fastidiado.
Al fin y a la postre, Europa nunca ha sido una patria para ninguno de los países que la integran. Ni una madre de todas las patrias. No nos engañemos. No es como Estados Unidos, donde todos se sienten, antes que nada, americanos. Aquí, cada uno se siente de un padre y una madre, porque la pretendida Unión Europea no es más que un mercado persa en el que todos quieren sacar tajada uno a costa del otro.
Tener fe en Europa es como creer en los reyes magos, ni siquiera te lo crees cuando eres niño y te dicen que eres europeo. Pero dejar de tener fe en Alemania, porque pienses que te la puede estar jugado, es algo mucho más delicado.
No sé, pero, aún doliéndome la canallada que nos han hecho con los pepinos, tengo que darles todavía un margen de confianza a los germanos. Ellos dieron trabajo a tres ó cuatro millones de españoles en los tiempos del hambre. Y con aquellas divisas –y las del turismo- echó España a andar después de una posguerra espantosa. Y más tarde, cuando entramos en Europa, fueron ellos, los alemanes, quienes mejor nos trataron y nos ayudaron a ponernos al día en bienestar social y en calidad de vida.
Ahora han cometido un fallo. Un fallo gordo. Pero pueden rectificarlo. Son poderosos y, si quieren, volveremos a tener un mercado floreciente para nuestros pepinos, nuestros tomates, nuestras lechugas y no nos olvidemos de nuestro turismo, del que son también unos generosos usuarios.