Para ser felices, dicen quienes saben de eso, sólo es preciso vivir el momento, centrarte en el presente, despreocuparte del futuro. Pensar más en ser que en tener. Pero eso es si te dejan. Porque si te distraes, adiós felicidad. Lees en el periódico que aviones de la OTAN han cometido su enésimo error y han acribillado a doce niños y dos mujeres inocentes en Afganistán y es que se te quitan de pronto las ganas de ser feliz. Después compruebas que la noticia ha pasado como un rayo por el foco de la actualidad y ha desaparecido sin pena ni gloria y sin que nadie la considere como otro bárbaro crimen contra la humanidad, cometido en nombre de la “democracia”. Las víctimas eran gente de baja alcurnia, marginal, empobrecida, hambrienta. No eran nadie y por eso nadie se toma en serio su muerte prematura, injusta y violenta. Sin embargo, tal vez eran felices, pero tuvieron la mala suerte de que unos jóvenes pilotos equivocaran, una vez más, las coordenadas del bombardeo. No pasa nada…
Hay gente que lo intenta por otros procedimientos; lo de ser feliz, digo. Tratan de instalarse en el estado de la opulencia. Poseer muchas cosas. Tener dinero, empresas, mansiones, cochazos, yates, aviones. Toda una vida entera de transgresiones, desmanes, esfuerzos, claudicaciones, renuncias, siempre al borde de la ley, para poseer algún día todo eso que les proporcionará la ansiada felicidad, pero, al final, el invento no les funciona porque aparecen factores desequilibrantes que se llaman estrés, angustia, avaricia, divorcios, insatisfacciones, y no encuentran por ninguna parte ni un solo momento de felicidad y, encima, no se explican eso que dice el “Magazine” de que unos harapientos de los arrabales de Manila, más pobres que las ratas, sean mil veces más felices que ellos, con todo lo ricos que son. Pero no sólo les pasa eso a los millonarios. También a quienes les toca la primitiva, que tampoco alcanzan más felicidad que los que no acertamos ni un número. Y nos pasa a quienes habitamos en el estado del bienestar, que se basa en la necesidad de consumir hasta morir. Todo el mundo a la caza y captura de riquezas materiales, la mayoría de ellas innecesarias. Bienestar…, ¿qué clase de bienestar?: ¿el pago de la hipoteca que te quita el sueño?, ¿el miedo a no encontrar empleo?, ¿las prisas para ir a cualquier sitio?, ¿el dar cien vueltas antes de encontrar aparcamiento?, ¿la tortura de los ruidos rompiéndote los tímpanos?, ¿la incomunicación, la ansiedad, la depresión? Imposible vivir el momento cuando el momento es tensión, nerviosismo, incertidumbre, cuando reconocemos haber quintuplicado el uso de antidepresivos y tranquilizantes en las dos últimas décadas.
El investigador Antonio Jorge Larruy, que ha escrito varios libros sobre la felicidad, asegura que “…Cualquier persona tiene la capacidad de ser feliz, porque la felicidad es el estado natural del ser humano, está en la base de todo lo que hacemos”. Difícil de encajar esta afirmación, a la que Larruy agrega la siguiente: “Nos pasamos la vida buscando la felicidad fuera; la ligamos a unos resultados, a un estatus, y, cuando los conseguimos resulta que no somos felices. Por mucho que yo tenga, no voy a ser más feliz. La felicidad sólo depende de uno mismo, de nada más. Y está en nosotros”.
Hay cosas que te hacen hervir la sangre por más que pretendas aislarte y arañar una brizna de felicidad a la asfixiante vida que vivimos. Por ejemplo: el desalmado ese que ha prendido fuego a un perro rociándolo previamente con líquido inflamable. Quisiera calificar a este cafre con tres palabras cuyas iniciales son h. d. p., pero no me gustan las palabrotas en los artículos. Alguien salvó la vida del perro, pero nadie salvará al vil individuo del desprecio de la gente con corazón.
Tampoco te puede hacer feliz que el pueblo natal del repugnante criminal de guerra Mladic reivindique gloria y honor para este genocida que mató en Srebrenica a ocho mil varones bosnios, hombres y niños, por ancestral odio étnico. Ni que unos viejos nostálgicos del ordeno y mando se hayan hecho dueños de la Academia de la Historia y, con subvenciones oficiales, nos vendan biografías de dictadores como si fueran vidas de santos. Peor aún: cuando uno esperaba que la mayoría criticara frases como “cruzada” o “guerra de liberación”, resulta que no, que a la otra España le gusta eso. Así es que pienso que si con una sola España estamos como estamos, ¿qué será de nuestra escasa felicidad cuando resucite la otra? La otra España.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 5 junio 2011.)
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(En la foto, una madre llora ante la tumba de sus hijos, tras la matanza de Srebrenica)