Vuelva usted Mañana

Cosas que no me gustan

No me gustan muchas de las cosas que me encuentro tras echar una ojeada rápida a la prensa, oÍr la radio, ver la tele, viajar por el ciberespacio y darme cuenta de que podíamos estar mucho más tranquilos y, sin embargo, estamos mucho más inquietos y crispados. Pero sólo tengo espacio para enunciar algunas de esas cosas que no me gustan.

No me gusta que, para rehacernos de los destrozos de la crisis, el remedio sea enfriar la economía, frenar el consumo y dejar de crear empleo con inversiones públicas. Preferiría, y creo que creceríamos más, mover el dinero, hacerlo circular, que no solo obtuvieran grandes beneficios los bancos y las grandes empresas; que los pequeños y medianos empresarios, los emprendedores, los autónomos, tuvieran oportunidad de generar riqueza y puestos de trabajo, en lugar de vivir asustados porque se les cierran todas las puertas, sobre todo las puertas de los pequeños créditos. Los que saben de economía –confieso humildemente que yo no sé- me dirán que estoy diciendo chalauras. Ellos no las dicen, por lo visto.

No me gusta que la solución a la crisis consista en prolongar eternamente la crisis.

No me gusta que España, por más que la ONU dictaminara un ambiguo mandato, como viene haciendo de unos años acá, se nos haya metido en la guerra civil de Libia de la que no sabemos cómo vamos a salir. En su momento, dije no rotundo a la guerra. Hoy día sigo diciendo no rotundo a la guerra.

No me gusta el falso periodismo político que nos quieren inyectar en vena a través de tertulias televisivas o radiofónicas. No trago el fanatismo ideológico, a dos bandos, de tertulianos que entablan diálogos de besugos confundiéndonos con su partidismo y su histrionismo oral exagerados. No encajo bien que el periodismo político escrito refleje una misma noticia como si fueran noticias distintas porque cada periódico obedece a ideología diferente. Pareciera que cada diario proporciona su dosis diaria de “alimento espiritual” a los lectores incondicionales que necesitan robustecerse en sus fervores irracionales. No existen apenas intentos de explicar a los ciudadanos racionalmente, sin extremismos, qué leches está ocurriendo en la política, en la economía, en Europa, en Libia, en nuestro propio país. Se trata sólo de exacerbar los ánimos de los contendientes. Se trata de alentar la irracionalidad “política”; de noquear, destrozar, pulverizar, al rival, de hacerlo desaparecer. Cada uno de los dos grandes partidos mantiene una división acorazada de periodistas “adictos” que luchan en los frentes mediáticos defendiendo lo indefendible, no con argumentos convincentes sino con saetas viscerales y envenenadas.

No me gusta que la palabra de eta (minúsculas), la de esos malnacidos y viles asesinos de niños y de gente inocente, tenga más valor que la de un gobierno elegido democráticamente.

No me gusta en absoluto que se utilice la lucha antiterrorista en la contienda política, y mucho menos como elemento de ataque en campañas electorales. Me parece una estrategia desleal.

No me gusta nada la vomitiva apuesta de programas televisivos casposos, analfabetos, degradantes, hediondos… que tanta audiencia tienen y que mueven los valores bursátiles.

No me gusta nada que el alcalde de Málaga imparta lecciones éticas de periodismo, en lo que considero un arrebato de ¿arrogancia?, sugerido, tal vez, por ominosos, silenciosos, interesados y aprovechados asesores. Más le valdría al alcalde recordar tiempos vividos en los que él mismo luchaba por la transparencia de gestión. Y que pensara en quién se está columpiando de verdad. Soy de opinión libre e independiente. O sea, soy de “La Opinión de Málaga”. Me gusta que la “Ser”, “El País”, “El Mundo”, “Málaga Hoy”, medios de comunicación creíbles y acreditados, se hagan eco de una exclusiva periodística, que destapaba el escándalo de una concejala, sin importarles nada que fuera “La Opinión” la que se adelantara. Me gusta que la Asociación de la Prensa defienda con valentía a mi compañero Javier Recio, autor de la investigación periodística.

No me gusta que un alcalde que vivió los sacrificios de la Transición a la democracia pretenda ahora matar al mensajero que le trae malas noticias.

No me gusta que, en tiempos de penurias, una virgen que procesiona la Semana Santa por las calles de Málaga porte en su manto cuarenta kilos de oro. Lo siento, pero no me gusta.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 3 abril 2011.)

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