Vuelva usted Mañana

Con nuestro pan se lo coman

Cuando más arrecia la crisis económica y cuando más desempleo se registra en la historia reciente de España, salta la noticia aberrante: el consejero delegado del BBVA, José Ignacio Goirigolzarri, acaba de jubilarse a los 55 años de edad con una retribución, a modo de pensión vitalicia, de tres millones de euros anuales. (El fondo total que le destinó su banco fue de 52 millones y medio de euros.) La pregunta del millón (perdón, de los tres millones) es la siguiente: ¿Esto es un escándalo, una provocación o la simple aplicación del derecho económico que el sistema democrático da a la iniciativa privada (y de forma especial a los bancos) para hacer con “su” dinero lo que le dé la real gana?
Vamos a rebobinar. La crisis financiera internacional, larvada en Estados Unidos en el verano de 2007 y eclosionada en 2008, que se extendió por Europa y provocó paralización en la industria y el comercio, ruinas familiares, cierres multitudinarios de empresas, millones de trabajadores en paro en todo el mundo, tiene unos primeros responsables con nombres y apellidos, que, en lugar de ser reprendidos o culpabilizados, han seguido siendo recompensados. Deben ser centenares, o millares, los desaprensivos ejecutivos, financieros, banqueros, gente sin escrúpulos que manejaba a su antojo los fondos de riesgo, los bancos de inversión, pero sólo tengo a mano algunos nombres y algunos datos tomados de la prensa de cada dia: John Thain, máximo ejecutivo de Merrill Lynch, logró deshacerse de su empresa, un poco antes de que los demás conocieran la trascendencia de la crisis, y no se olvidó de agenciarse para él mismo un contrato blindado de ¡doscientos millones de dólares! Dick Fuld, consejero delegado de Lehman Brothers, se apercibió antes que nadie de su abuso gerenciando las famosas subprimes -hipotecas de alto riesgo, concedidas conscientemente para ser renegociadas con posterioridad y obtener nuevos beneficios- en su avaricioso afán de ganar dinero al precio que fuera. Pero ya era tarde. Dejó sin trabajo a toda su gente, metió a medio planeta financiero en la ruina, y él se aseguró ¡quinientos millones de dólares!, en tanto su distinguida esposa, Kathy Fuld, exhibía públicamente una preciosa colección de arte estimada en algunos miles de millones… de dólares. Martin J. Sullivan, máximo responsable de American International Group, AIG, hizo un “roto” a su empresa de ¡ochenta y cinco mil millones de dólares! y fue requerido ante el Capitolio para asumir su responsabilidad, pero él lo negó todo. Tuvo que intervenir la Reserva Federal Americana para acudir en rescate de la empresa. Sullivan se marchó a casa… sólo con quince millones de dólares como indemnización, un bonus de cuatro millones y su puesto, su gran despacho, asegurado hasta fin de año. Ellos y otros ejecutivos, igual de agresivos, “jugaron” compulsivamente a ganar dinero, a costa de productos financieros que no pudieron ser atendidos por la recesión inmobiliaria (la gran burbuja), y originaron la imparable crisis mundial. No pasó nada. El presidente Obama les llamó sinvergüenzas, pero, una vez más, no pasó nada. El anterior presidente, el peor de la historia, apuró hasta el límite de su mandato la defensa enconada del capitalismo salvaje. No hay que acabar con él, decía muy convencido; simplemente hay que reformar algún mecanismo, y continuar cien años más de riqueza. De riqueza, ¿para quiénes?, había que haberle preguntado a aquel señor de la guerra, ¿para los países empobrecidos por su política o para sus amigotes del petróleo y para los financieros sin escrúpulos?
El caso Goirigolzarri y su pensión vitalicia nos demuestra que lo peor del sistema es la legalidad que lo envuelve, porque justicia y ley no siempre son la misma cosa. Somos los ciudadanos quienes, obligados porque no hay otro funcionamiento alternativo, engordamos los beneficios bancarios con nuestros préstamos, nuestras hipotecas, nuestras domiciliaciones. Así es que sólo nos queda el derecho al pataleo. Y pedirle a estos banqueros ricachones que, por el amor de dios, dejen de pontificar dando consejos para abaratar despidos y pensiones de los trabajadores. Que se lo coman con nuestro pan, pero que, encima, no nos humillen con millonarias ostentaciones.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 4 octubre 2009)

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