Me parece del todo encomiable y muy meritorio el hecho de que la única industria española que sobrevive a la crisis, e incluso que ha alcanzado sus más altas cotas de negocio y de creatividad en el ultimo año, sea la industria cinematográfica. Quién lo diría en un país como el nuestro, tan envidioso y tan devorador de inventos que funcionen; quién lo diría con la de críticas y desprecios que tiene a sus espaldas después de más de cien años de despiadada soledad en lucha permanente contra el papanatismo hacia Hollywood.
Por ser una de mis vocaciones frustradas, porque me parece de los mejores inventos de la humanidad, y porque lo veo con fuerza irresistible para superar todos los obstáculos que se cruzan en su camino, creo que el cine tiene mucho en común con el periodismo, en cuanto a la elaboración, ritmo y arquitectura de sus productos y de sus historias. Y mucho que ver con la literatura (novela, guión o cualquier estilo de narración), que a fin de cuentas es la madre que provee de ideas y argumentos. Siempre, al fondo, lo escrito. Como en el teatro.
Los cineastas y las gentes del teatro son más listos que la gente de la Prensa y más listos que la gente de Internet. Siempre lo fueron y por esa razón terminan saliendo con bien de las grandes crisis y escapándose hacia el futuro por otras autopistas más seguras, provistas de nuevas técnicas, nuevas ilusiones, nuevos sueños.
La última edición de los Premios Goya ha demostrado la excelente salud del cine español. Mejores películas que nunca, mayores recaudaciones de la historia, reconocimientos internos (ya era hora) y plácemes externos. Y más público del imaginado congregado ante el televisor en una noche de amable entretenimiento que combatía victoriosa, y en territorio hostil de las horas punta, a las televisivas hordas chabacanas.
Es difícil, no crean, conseguir esa apariencia de gran familia, divertida, inteligente, progresista, liberal, unida, que veíamos la noche de los Goyas, con vueltas de hijo pródigo incluida, cuando la verdad está muy lejos de ser esa. Los cineastas y la gentes del teatro tienen igual cantidad de ego, o mucha más, que la gente de la Prensa y que los escritores (que ya es decir); mayor afán de protagonismo que muchos columnistas; más dosis de soberbia que determinados mandamases periodísticos; son anárquicos como ellos solos; viven a su bola, pero… Pero son capaces de reprimir su llanto entre bambalinas, de aguantar el dolor personal más lacerante, de sonreir, fingir y actuar con la máxima naturalidad porque el espectáculo no debe detenerse y tiene que continuar. Ahí quizá es donde veo una de las grandes diferencias entre ambos gremios. Los pecados veniales de las buenas gentes del cine y del teatro trascienden porque es imposible que el talento no lleve implícito, lamentablemente, el rechazo y las maledicencias de los mediocres. La otra diferencia es que ellos están arriba, en la pantalla, en el escenario, como los políticos, como los deportistas. Y nosotros, en cambio, estamos entre medias. Ni arriba ni entre el público, simplemente recogiendo historias y transmitiéndolas, aunque muchos de los nuestros, envanecidos, confunden su papel de simples intermediarios y piensan que son también estrellas de la película.
Los cineastas, en sus apariciones, incluso en sus apariciones en coro, como la fiesta de los Goyas, nos siguen pareciendo un grupo alegre que nos entretiene y nos ofrece a buen precio tarritos de ilusiones, de buen rollito y hasta de cultura. En cambio, la gente de la prensa (no toda, que siempre hubo clases), preñada igualmente de defectos sociales, parece gozar más con airear la mierda propia y ajena que con unirse coralmente ante los ciudadanos para demostrar que pueden informar, criticar, formar y entretener muy dignamente, siendo como son, o como debieran ser, parte necesaria del sistema.
Amo al cine y amo a la Prensa. Me congratulo de que esta industria, tan vilipendiada y tan nuestra, haya dado ejemplo de cómo vencer al virus corrosivo de la crisis.