Querido Mario: Mis amigos saben que, desde tiempo inmemorial, soy degustador incansable de sus delicatessen literarias. He leído sus historias, las he desmenuzado, no paro de recomendarlas. En mi embelesamiento he llegado a asegurar, y lo mantengo, que “La guerra del fin del mundo” es la narración más perfecta, descriptiva y maravillosa que vieran los siglos, aunque no voy a discutir eso con nadie. He pasado por encima de las críticas despiadadas –no sé si con razón o tal vez emponzoñadas por el veneno de la envidia o enconadas por la intolerancia política- que se han vertido sobre su persona. Lo diré más explícitamente. Me interesaron siempre, me extasiaron, los libros que ha escrito usted, pero no me ocupé en exceso de su persona, salvo en las ocasiones en que el protagonista de sus novelas era usted mismo, como en “La tia Julia y el escribidor” y “Pantaleón y las visitadoras”, esos exquisitos y finos divertimentos que me han hecho soltar carcajadas mientras los devoraba.
Pero, mire usted por donde, Twitter ha hecho posible que yo contacte con usted y que usted no solo me retuitee (quien no sepa lo que es retuitear es que no está en este mundo) sino que, además, me envíe un mensaje personal tan elogioso que por pudor no reproduzco aquí, pero que me ha llegado al alma. Quiero decir, querido Mario, que si hasta ahora he sido un follower incondicional de sus novelas, de casi todos sus libros, a partir de su mensaje soy también un agradecido admirador de su persona.
Caigo en la cuenta, querido Mario, de que, con la que está cayendo en España, su segunda patria, yo debería estar escribiendo sobre el nuevo gobierno, que es lo que hacen los otros columnistas, y no regocijarme agradeciendo su inesperado y cortés piropo. Vanitas vanitatis. Escribiré unas líneas, pocas, sobre el gabinete y vuelvo enseguida con usted.
Como los elogios y los aplausos les brotan a Rajoy de su mayoría aplastante, haré una crítica. Estoy de acuerdo con un incisivo titular de “Le Monde”: “Un ancien de Lehman Brothers aux commandes de l’économie espagnole“. No parece muy compatible, en efecto, que un ex ejecutivo de altos vuelos del banco usaco que provocó con su indecencia la ruina que nos asola, sea ahora quien negocie nuestra deuda con los mercados. Tampoco me parece ideal que un ex fabricante de bombas de racimo (que vendió a Gadafi y que éste terminó usando criminalmente) sea nuestro ministro de Defensa. Y, en plan jocoso, desconcierta y es poco saludable que la ministra de Fomento sea médico y que la ministra de Sanidad se llame “Mato”. Pero tengo un elogio, sí, para Rajoy. No es ni mucho menos el “Elogio de la madrastra”, pero a mí me ha gustado. Ha hecho bien dejando fuera del escenario a González Pons, un carnicero de la palabra que no encaja mucho, esa es la verdad, en la pretendida moderación del nuevo presidente.
Y, venga, vuelvo a lo nuestro, admirado Mario. Estoy convencido de que este contacto nuestro en las redes sociales es el principio de una buena amistad. Lo digo en serio. Sólo con leer el arrebatador párrafo inicial de su “Elogio de la lectura y la ficción”, el bellísimo discurso con el que usted recibió su merecido Nobel, ya se hacen amigos suyos todos “Los cachorros” del orbe, incluidos quienes pueblan “La Ciudad y los perros”. Y eso sin nominar tantas y tantas obras maestras de la literatura que jalonan su contundente y extraordinaria carrera de fondo. ¿Tendría que citar “Travesuras de la niña mala” o cito, mejor, “La fiesta del chivo”? También podría nombrar “El sueño del celta”, pero compréndame, mi querido Mario, su obra es tan amplia, tan diversa, tan rica en géneros y en títulos, que no cabría íntegra aqui ni aunque la imprimiéramos en un cuerpo siete con ojo seis. (Un paréntesis: entenderá que parafrasee en el título, como homenaje, a otro inmenso escritor nuestro, el inolvidable Miguel Delibes.)
Permítame, querido Mario, que sea su amigo. Tiene tantas decenas y decenas de miles de fieles en Facebook, en Twiter y sobre todo en la vida real que, a fin de cuentas, la amistad espontánea de uno más –un modesto y veterano periodista que pulula por esta Costa del Sol que usted tan bien conoce – no le va a incordiar. Al contrario. No sólo seguiré pregonando la excelencia de sus libros, sino que, además, y aunque usted tal vez no coincida del todo conmigo en la crítica política, diré a quien quiera oírme que estoy entregado a una buena persona llamada Mario Vargas Llosa. Feliz Navidad a usted y a todos los lectores del mundo.
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(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, sábado 24 de diciembre 2011)