No le ha gustado nada al rey absoluto, ni a sus incondicionales súbditos, que el Congreso español haya condenado la violencia empleada el 8 de noviembre del pasado 2010 en un campamento de El Aaiun (Sáhara), pese a que nuestro Parlamento lo hiciera tímidamente y sin mención expresa de Marruecos como responsable directo de la represión.
Ea ea, Marruecos se cabrea… Otra vez la canción de siempre. Estas criaturas recalentadas cogen el tradicional rebote y dicen que van a “reevaluar” sus relaciones con Madrid. Y salen a relucir, cómo no, Ceuta y Melilla. Y otra vez que si patatín que si patatán, las eternas argumentaciones sin fundamento que nos obligan, por enésima vez, a demostrarles que los territorios ceuti y melillense eran españoles mucho antes de que existiera Marruecos como país… Pero es que, la verdad, estamos hasta el gorro de lo mismo: de los caprichitos reales. Y eso que éste rey, al principio, parecía más modernillo y más dialogante que su papá, no digamos más demócrata que esta palabra es antónima de absolutista.
La pregunta que nos hacemos cuando –cada vez con más frecuencia- salta la chispa de la histeria reivindicativa, es la misma siempre: ¿por qué se le toleran a Marruecos tantos desplantes, tantas provocaciones, tantas exigencias? Y, aunque nos tememos la respuesta (una cuestión de estado en la que intervienen la Otan y los Estados Unidos) nunca nos la dan argumentada. Sospechamos, por las declaraciones de los sucesivos presidentes del Gobierno y ministros de Asuntos Exteriores, que existe un clarísimo temor político a que Marruecos deje de ser un muro de contención para el avance en Occidente de las hordas terroristas islámicas. Y ante ese miedo paralizante se negoció, al parecer, bajo presión y se llegó a ingresar dejando a nuestras españolísimas ciudades fuera del área de cobertura de defensa militar de la Organización atlántica, algo realmente inconcebible e irritante para ceutíes y melillenses.
Tomo del diario “Abc” (22 noviembre 2010) el siguiente párrafo informativo: “El Artículo Quinto de la Alianza —el de defensa mutua en caso de ataque— no se aplica a Ceuta y Melilla. Es esta una omisión que los sucesivos gobiernos se han esforzado en olvidar. Ni cuando España ingresó en la estructura militar ni en las sucesivas revisiones de la estrategia de la Alianza se quiso destapar ese «descuido».
Si el argumento real de tal desprotección, que favorece a Marruecos, es el pánico a que se nos cuele Al Qaeda por ahí, deberíamos pensar que ellos, una monarquía totalitaria, serían los primeros que temieran a los terroristas. Por lo tanto, deberíamos abandonar las contemplaciones y no tener tanto miramiento diplomático. No pedimos bravatas militaristas ni demostraciones de fuerza (miedo me da pensar en nuestros belicistas “patriotas” de extrema derecha, que también los tenemos); nada de eso, pero tampoco el silencio de los corderos. Al menos enseñémosle los dientes, diplomáticamente hablando. Hagamosles ver que somos España y no una republiquilla bananera.
Ceuta y Melilla necesitan desarrollar su Estatuto como el resto de las Autonomías hermanas, disponer de capacidad legislativa, que fue la que se les sustrajo cuando Felipe y Aznar se pusieron de acuerdo para restar esa posibilidad que hubiera convertido a ambas ciudades en autónomas de verdad, con derecho a legislar y a decidir por sí mismas.
Desde este rinconcito, me sumo, en mi modestia, a la petición de máximo esfuerzo pacífico y diplomático por parte de los dos países para que se lleven como buenos vecinos y para que no se irriten el uno al otro. Pero no dejo de tener en cuenta que nosotros, en este lado, vivimos en democracia. Los ceutíes y los melillenses, que somos tan españoles como los que más, tenemos todo el derecho del mundo a decidir libremente por nosotros mismos y no por lo que diga o mande ningún rey.