El ejemplo máximo de cantera es La Masía, del Barça, factoría de orfebres del balón, pero España está llena de otras minas futbolísticas paradigmáticas. Como, por ejemplo, la de mi Ceuta natal. Os pido permiso para usar este post con otra recreación íntima de dos esencias muy mías: el fútbol y mi patria infantil. Ambas dos las uso hoy a mayor gloria de La Roja victoriosa.
El fútbol empieza desde abajo, cuando siendo niño te sabes de memoria la alineación del equipo de tu pueblo, como yo me sabía la del Ceuta, la de aquel equipo que metió ciento ocho goles en una temporada y del que seguro que escribiré otro día. Fui delantero centro en el San Agustín, luego en el San Amaro y vi mi apellido impreso en “El Faro”, en las páginas de fútbol base que escribía Pepe el Guardia bajo el seudónimo de ”Rex”. Mi exagerada endeblez impidió el éxito que prometía mi técnica exquisita y, como me crujían los putos defensas, no pasé de jugar una temporada como juvenil en el Olímpico de La Garriga (Barcelona), así es que no voy a hablar de eso para no estropear esta historia.
Qué pedazo de cantera tenía Ceuta. ¡Y sigue teniendo! Del campo terrizo del “Ocho” (o del “54”, números y nombres sucesivos del Regimiento de Infantería) salieron auténticas figuras. Tributo a pagar en aquel terreno en el que se jugaba desde el amanecer hasta el anochecer: tobillos torcidos y piernas desolladas, nada que no se resolviera con un refresco en el kiosko de Lola. Primer gran jugador ceutí: el extremo izquierda Pepe Bravo, que se puso la camiseta roja frente a Francia (15 de marzo 1942, Sevilla, 4-0 para España) y que fue uno de los mejores “once” del fútbol español. Sólo el hecho de coincidir en el tiempo con los geniales Gorostiza y luego Gainza le impidió ser titular fijo de la selección.
Antes de triunfar en el Barça (1940 – 1948), al que fue traspasado por 30.000 pesetas, y con el que jugó 196 partidos marcando 88 goles, Bravo se había iniciado en el España, de Ceuta, del que pasó al Levante, al Ceuta Sport y al Real Murcia con el que logró ascender a Primera marcando un gol y facilitando el otro ante el Cádiz. Ganó como azulgrana dos Ligas (1945 y 1948) y una Copa en 1942. Después de cierto escandalillo fue cedido al Gimnástico de Tarragona. Se contaba en mi tierra que salió del equipo del Barcelona, en el que era un ídolo, por desempaquetar en pleno partido, y tras marcar un gol, sus atributos masculinos y exhibirlos ostentosamente al público de preferencia, que, al parecer, lo tenía más que frito. Bravo, además de bravo, era todo un carácter y todo un rebelde. Se retiró jugando en la Sociedad Deportiva Ceuta. Lo conocí, él ya muy mayor, y tuvimos charlas entrañables en el “Delfin Verde”, cerca del Garage Africa, donde trabajaba.
Yo –catalino con ADN- escuchaba, arrobado y en silencio, las epopeyas azulgranas, de Ligas y de Copas. Le pregunté varias veces por lo de su exhibición sexual al respetable y su respuesta siempre era la misma: una sonrisa pícara. En cambio, me contaba con todo detalle deliciosas historias de victorias y derrotas y de cuando, con Balmanya , Curta, Gonzalvo II y otras estrellas de la época, hacían centenares de kilómetros en autocar por carreteras calamitosas para llegar a los estadios rozando la hora del partido y en plena digestión de unos bocadillos de chorizo. Lo enterraron, a petición propia, con la bandera blaugrana, y con presencia oficial del Barça, porque era un “culé” impenitente. Se le recuerda en Ceuta con cariño. También en Barcelona. El club de sus amores lo había invitado en 1957 para que desfilara como abanderado en la inauguración del Camp Nou.
Fue el primer ceutí que se alineó con La Roja. Y como estamos en las celebraciones de nuestro Campeonato del Mundo he querido recordarlo a modo de homenaje personal. Ya hablaremos de otros grandes e inolvidables del fútbol ceutí que también dieron brillo a la selección nacional. ¿Alguien había dudado, por un casual, que Ceuta es parte esencial de La Roja?