Ayer fue el Dia del Libro, pero esta columna sale los domingos, de manera que extiendo hasta hoy el efecto de una carta que he escrito a propósito de mis inicios en la lectura. Es una carta dirigida a cualquier joven que (me) quiera leer, a cualquier niño que lo intente, y, por supuesto, a los adultos que me honran habitualmente con su lectura.
Estimad@ mio: Yo también, como tú, fui un joven lector. Bueno, antes fui niño lector. Mi primer libro, “Reportajes pintorescos” (una premonición), de Fernando Barango Solis, era una cuidada y muy vieja edición de 1934 que saqué de la cómoda de libros que había en el comedor de mi casa. Mi segundo autor fue S. S. Van Dine, que me embaucó con los complicados y misteriosos casos que resolvía su inteligente y deductivo detective Philo Vance. Del mismo estante iban saliendo, uno tras otro, autores del Oeste americano, como Zane Grey, de Malasia y Australia, como Emilio Salgari, de la India misteriosa como Rudyard Kipling y héroes como Kim de la India o Sandokán, que me hacían olvidar los disgustos que me daban las inextricables Matemáticas.
No eran tiempos de mucha literatura. Solo acontecimientos aislados como el Premio Nadal concitaban cierta expectación en noches de Reyes. Pero en casa todo era distinto. Había prensa y había libros. Y los traía mi padre. Esa curiosidad que te proporciona la lectura habitual nos llevaba cada día a echar un vistazo a aquella librería ambulante situada bajo las Columnatas de la Calle Real. El librero, pelo cano, cumplido guardapolvo gris, lápiz afilado en la oreja, no dejaba de recorrer de una punta a otra el largo mostrador plagado de obras de segunda mano, Su obsesión era que los niños no manoseáramos los libros. Con los mayores era más permisivo, pero solo hasta que se convencía de que no iban a comprar. La mayoría de los títulos expuestos habían sido editados en tiempos de la República o de Primo de Rivera, y los precios eran realmente irrisorios, tanto que él les ponía encima un papelito blanco pegado, con el precio actualizado, sustituyendo céntimos por pesetas. Nuestra travesura consistía en arrancar a hurtadillas la burda pegatina y descubrir el precio original de aquellos libros de gran formato, amarillos, cuyas llamativas ilustraciones nos hacían soñar con grandes aventuras.
Pero, en realidad, nosotros, en la familia, no necesitábamos de aquellos libros tan viejos. Los de la cómoda con cortinilla blanca de nuestro propio hogar, más nuevos, nos bastaban para dar la vuelta al mundo en muy pocos dias, para catapultarnos a la Luna, incluso para bajar al centro de la tierra o recorrer miles de leguas de profundidades marinas. Julio Verne y Alejandro Dumas nos convertían en capitanes de quince años, en mosqueteros de la reina, en prisioneros del Castillo de If marsellés. Mark Twain nos metía en la piel del niño Tom Sawyer, Conan Doyle nos mostraba el Londres tenebroso con Sherlok y su ayudante Watson, Y luego estaban los sorprendentes y fascinantes títulos que descubríamos súbitamente y que nos hacían partícipes de conspiraciones que podían o no haber sido reales. “El diablo en palacio” nos daba una versión desconocida y no beatífica del todopoderoso Felipe II, mientras que “La máscara de hierro” descubría la existencia de un hermano gemelo del rey francés Luis XIV, condenado de por vida a ocultar su rostro en un calabozo de La Bastilla.
“El Principito”, de Antoine de Saint Exupery, un libro infantil que leen todos los adultos, pasó a ser para mi un clásico que no podías perderte cuando iniciabas tu recorrido por la literatura. Como tampoco podías dejar de leer “La Isla del Tesoro” y “El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson o uno de los clásicos, “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway. O el increible “Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe.
Héroes, villanos, asesinos, malandrines, aventureros, personajes de la Historia, protagonistas anónimos, tierras ignotas, paisajes de fuego, selvas, mares, océanos, llenaron nuestras cabezas infantiles. Y así fue como pasé de niño y joven a maduro lector. Y como sobrevolé el paisaje callejero de la España pobre que me tocó sufrir con el Puente Almina lleno de ciegos y tullidos exhibiendo sus desgracias y pidiendo limosnas a gritos, los abuelos vendiendo cestos de higos chumbos, los carboneros, panaderos, lecheros, la corte entera de los milagros pateando las callejuelas y, bajo los soportales de las Columnatas de mi Calle Real, un puesto permanente de libros de segunda mano.
Estimad@ joven: bienvenido a un tiempo más feliz, con muchos más libros y hasta con rosas.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 24 abril 2011.)
Precioso artículo, verdaderamente los lectores tienen ahora toda una catarata de libros donde elegir, pero no deja de tener su encanto ese goteo librero de tu infancia, que te hacía valorar tanto los libros. Un abrazo
Rafael, buenos días.
Quiero decirte que no pensé nunca cuando te conoci que un día pudiera deleitarme tanto con casi todo lo que escribes. El casi significa confirmar la regla y entra dentro de lo referido a tus gustos futbolisticos. Yo últimamente prefiero el tenis (3-6).
Nos veremos el próximo miercoles.
saludos