Mi homenaje personal al compositor popular Augusto Algueró, fallecido hace unos dias, consiste en recrearme, una vez más, con su “Penélope”, en la voz y la magia de Serrat.
Un veterano musicólogo me dijo una vez, y lo repito cada vez que viene a cuento, que es falsa la división de calidad que se suele hacer entre música clásica y música moderna. Solo hay, me dijo, dos clases de música: la buena y la mala. Ciertas obras de las llamadas clásicas son muy inferiores, me decía aquel hombre en la década de los setenta, si se las compara con algunas de las más bellas composiciones de The Beatles. Pues con “Penélope” me pasa que estoy convencido de que es algo muy bueno, algo para siempre.
La nómina de los “grandes” compositores de la historia da para sentir las emociones más intensas, las sensaciones más agradables, los escalofríos y los estremecimientos más perturbadores, las alegrías más altas, pero también surgen del pueblo compositores de melodías que nos adentran en las cercanías de las gente corriente, del amor de cada día y nos fijan sus notas como referentes de una época de nuestras vidas.
Augusto Algueró marcó un tiempo con sus populares creaciones. Un tiempo, no una generación ni varias generaciones. Y ese tiempo tardará muchísimo en consumirse.
Reconozco que la música fue, in illo tempore, una de mis dos disimuladas y obsesivas vocaciones, y que el destino, tan caprichoso, fue el que desvió mis desvelos y los encarriló como le dio la real gana, alejando de mí el pentagrama y el celuloide, mis dos amadas locuras, para llevarme al oficio de juntaletras en el que aún milito no sin cierta satisfacción.
La música, que siempre me acompaña por dentro, es la esencia de la exaltación del amor, de los valores más nobles, de los arrebatos más perversos, de la melancolía y la nostalgia; es el brindis en la aventura de vivir, el banderín de enganche de las guerras, el adios a la vida, la razón de ser y estar de los momentos de felicidad y de tristeza. Eso y mucho más es la música. Es el hallazgo divino que nos puede elevar a las alturas de lo sublime y convertirnos en algo más que simples seres humanos.
Para mi, la vida es como una película de cine con fondo y momentos musicales estelares. De uno depende, casi siempre, que esa película merezca al final un Oscar o el simple desprecio de la crítica.
Me quedo oyendo a Serrat. Y recordando a Algueró. Y escribiendo.