Como a millones de españoles, y no exagero, también a mi me ha gustado mucho el anuncio televisivo de la empresa Campofrio realizado por el cineasta Alex de la Iglesia. Creo que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Campofrío ha demostrado por segunda vez consecutiva –la primera, retirando su publicidad de la telebasura- que apuesta por el buen gusto. Y Alex de la Iglesia ha vuelto a derrochar talento en una mini producción en la que ha reunido en un cementerio, junto a la tumba de Gila, a los mejores humoristas españoles a los que ha devuelto la paz perdida. Merece la pena ver con detenimiento este anuncio. Ha llegado a las pantallas televisivas tras triunfar clamorosamente en las redes sociales.
Si no fuera porque terminan haciéndose aborrecibles, algunos anuncios televisivos (como éste, del que hablo) serían venerados para siempre como pequeñas joyas cinematográficas. De toda la vida, la publicidad ha asumido en los medios de comunicación un papel complementario, muy necesario, pero de segundo nivel. Primero fueron siempre los contenidos y luego, si quedaba tiempo y te ofrecía algún interés o curiosidad, echabas un vistazo a la publi. Y sin embargo, la publi es la que paga los sueldos, las facturas, la producción y la que puede deparar beneficios de empresa.
La publicidad es muy puñetera y engañosa porque siempre va en una dirección concreta y en ocasiones llega a confundir a quienes nos son destinatarios de su mensaje. Por ejemplo, los spots de detergentes son igual de cutres y de neutros aquí que en Alemania o Estados Unidos. Directísimos al grano, sin concesiones, imaginación cero. Los especialistas tienen bien estudiada al ama de casa, en este aspecto, y saben que ellas lo único que le exigen al producto es que la ropa salga de la lavadora blanca y reluciente, sin añadidos de historias humanas, sin lágrimas, sin sentimientos. No es menosprecio a la mujer. Es puro pragmatismo comercial.
En cambio, cuando el producto es de consumo general y tiene que hacerse su propio mercado o ampliar el que ya disfruta, entonces se desata la guerra comercial y, a partir de ahí, entra en juego el valor de la competitividad. Y ocurre, sistemáticamente, que los ganadores son siempre los mas creativos, los más imaginativos, los más ingeniosos, los que mejor captan las sensaciones personales del consumidor (mujeres y hombres), los que nos hacen sonreir, emocionarnos, los que ejemplarizan con la solidaridad humana, con los valores del amor al prójimo, de la ternura, de la honradez…
A la hora de acometer un proyecto, un trabajo, defiendo con ardor la creatividad en todas sus manifestaciones; la satisfacción por las cosas bien hechas. Rechazo, en cambio, la negligencia, la vaguedad, la indolencia, la desidia, el empeño en terminar cuanto antes, vicios tan habituales entre nosotros los españoles.
Al igual que la investigación (ese valor añadido que hemos despreciado tradicionalmente en España), la creatividad es uno de los motores económicos que hace posible la elaboración de productos de calidad y que eleva el nivel de las empresas y las instituciones, proporcionándoles prestigio y dando credibilidad al país.
No será fácil salir de la odiosa crisis que padecemos, lo sé muy bien, pero quizá sería un poquito menos difícil si todos nos empeñáramos en decorarla en algún momento con alguna sonrisa, en potenciar más la imaginación, la creatividad, y en dejar algo de lado el fatalismo y el desánimo. No es tan fácil, por supuesto. Pero podríamos intentarlo.
Quiero sumar desde estas líneas mi modesta felicitación a las incontables que están recibiendo tanto la empresa Campofrío, que se ha apuntado su segundo diez, y su colaborador Alex de la iglesia, de cuyas capacidades ya sabíamos.
Así se hace publicidad, sí, señor. Poniéndonos a todos, en fechas de desesperanza, una sonrisa en el rostro.