Vuelva usted Mañana

Aquel extraño y cálido verano del 2009

Los periódicos decían que desde los años sesenta no padecíamos un terral tan insoportable, cuarenta grados, qué calor, Dios mío, qué julio, qué agosto. Los anunciados brotes verdes de la esperanza económica seguían escondidos entre las ruinosas malezas tostadas por el sol, el eco de las noticias gordas se diluía en el trajín de los desplazamientos motorizados, mientras las preocupaciones de la gran crisis se bañaban alegremente en piscinas abarrotadas, en orillas de espesa nata, en sudores de gota gorda o en los programas de la Belén Esteban.
Como cualquier otro verano, aunque éste fuera en sí mismo un bochorno inolvidable, el del 2009 también tuvo sus conmemoraciones, sus efemérides históricas, sus cuentas que saldar con el pasado. Gadafi celebró sus primeros cuarenta años de poder omnímodo y de disfraces carnavalescos. Como tiene petróleo y no pone bombas, le rieron las gracias. También hizo cuarenta años de lo de la Luna, hito humano que volvió a contarnos el mismo periodista, Jesús Hermida, que nos había emocionado, en vivo y en directo, en julio del 69. La invasión de Polonia, arranque de la II Guerra Mundial (decenas de millones de muertos), fue recordada setenta años después en Gdansk por los líderes de las potencias que se destrozaron unas a otras, dispuestos ahora, como siempre, a reconocer errores, a pedirse perdón los unos a los otros, a no pelearse nunca más.
Record histórico de aquel calurosísimo verano: por vez primera, desde 1963, bajó la siniestralidad en el tráfico. En julio y agosto ¡sólo! murieron en las carreteras 377 personas. Decía el ministro correspondiente que “prácticamente se ha salvado la vida de una persona cada día, durante el verano, comparado con el año anterior”. Un buen ahorro de dolor, sí, pero excesivo aún. Casi totalmente evitable.
Desapariciones y asesinatos de jóvenes muchachas y de mujeres separadas (causantes: unos bestias salvajes llamados escrupulosa y correctamente maltratadores); una etarra que se escapa por un despiste (otro) judicial; fútbol adelantado de fechas para felicidad de tantos aburridos y desesperados futboleros como yo; lo que quedaba de Michael Jackson, dando vueltas por las morgues hasta que alguien dijo basta…, un batiburrillo informativo ahogado siempre en expectación y audiencia por las aguas fecales de las tardes televisivas.
Huyendo de la agobiante temperatura y de las moscas mierdosas de aquel extraño y seguramente prescindible verano del 2009, te podías refugiar bajo una sombrita y leer, en un medio de comunicación serio –que los seguía habiendo-, cosas como que un catedrático de Filosofía de la Carlos III, Fernando Broncano, ateo y especialista en relaciones entre ciencia, técnica y cultura, afirmaba en una entrevista que el hombre ha transformado su mundo, transformando al mismo tiempo su propia naturaleza, por lo que se ha convertido en un ser construido por prótesis. Un ser que -aseguraba convencido- nunca podrá volver a su esencia natural. Así es que, según tan autorizado dictamen, vagamos por un mundo imaginario, convertidos en náufragos de la artificialidad o, simplemente, en monstruos, por decirlo en el lenguaje –otra de nuestras prótesis- más coloquial. Debo puntualizar que este tipo de lecturas, en días de cervezas y sandías, no le hacen a uno mucho bien. Se te puede llegar a reblandecer el cerebro, que diría un imaginativo. Te da por la trascendencia, miras el cielo azul y no encuentras la mínima esperanza de una puta nube, percibes a tu alrededor un panorama vergonzante de corderos degollados y te apiadas de la humanidad. Entonces te dices: a los creyentes que los proteja su dios; a los descreídos, el ciberespacio. Y te quedas tan pancho, como si creyeras de verdad que decir chorradas te va a salvar de la quema.
Al final, todos los veranos son iguales. Extraños, cálidos, amorosos. Y pegajosos. Como aquel del 2009 cuando, llegando ya septiembre y tras chapotear en ferias y tumultos, la gente empezó a preocuparse por la llegada de la Gripe A, que amenazaba con dejarnos sin el sobeo tradicional de los besos y abrazos.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 6 septiembre 2009)

2 comentarios to “Aquel extraño y cálido verano del 2009”

  1. Pues razón llevas. Estamos ante el verano más cálido desde 1961 y, a pesar de los aires acondicionados, cuyas facturas nos dejarán más helados que los efectos de dichos aparatos, ha sido un verano tedioso:
    La televisión, esa fabulosa TDT que nos prometía el Gobierno, se ha tornado un tornado de intereses que nos ha dejado, por improvisado, sin liga a los que nos gusta el buen fútbol (incluso a ti, que eres del Barça), si tienes el decodificador normal.
    En cuanto a la TDT normal, más vale no ponerla porque todo huele a cañería, ya que se entiende por periodismo sacar la mierda de las personas y refregarla por la pantalla mientras la audiencia sedienta de la misma jalea cual si fuera el pueblo romano ante un Cesar sin escrúpulos que puede ser el Vasile de turno.
    En cuanto a la prensa digital ayer estuve a punto de tirar el portátil por el inodoro, puesto que en El Mundo se realizó una encuesta para saber quien era más famosa o mejor favorecida ante la audiencia, si Belén Esteban o María José Campanario.
    La Playa está y ha estado impracticable por tanta gente y por las natas y la nata no se puede comer por el colesterol… qué nos queda… un buen libro… en estos momentos aconsejo “Linterna mágica”, las memorias de Ingmar Bergman.
    Saludos.

  2. juan dice:

    Los periódicos no saben lo que dicen, porque hace seis años estuvimos dos semanas en las que las temperaturas máximas no bajaron de los cuarenta y por las noches de los veinte. Y entonces muchos sureños no teníamos aire acondicionado. Me pasé cinco noches sin dormir, y este verano no he tenido ese problema. Hubo un viernes que en Badajoz se registraron 45º a la sombra y veinticuatro de mínima. Ni por eso nos nombraron en los repetitivos telediarios.

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