Mañana hace 28 años que una pandilla de salvapatrias pretendió acabar con un bien común –la libertad-, que tanto había costado recuperar en España. Parece renacer el interés por nuestra historia más reciente. ¿Será la crisis? Hasta la tele, olvidándose por un momento del negocio de la basura, se ha centrado en rememorar el 23 F.
Dos hechos providenciales concurrieron para que el intento de liberticidio no cuajara: uno, la chapuza con que fue urdida la trama conspiratoria, y dos, la intervención del Rey don Juan Carlos, quien, en una histórica y valiente decisión, conminó a los levantiscos a deponer su actitud –y sus armas- y se situó al lado de la Democracia. Por una vez, un Borbón en condiciones.
Solemos preguntarnos dónde estábamos y qué hacíamos en los momentos en que, en el transcurso de nuestras vidas, se produjeron hechos trascendentales como, por ejemplo, el atentado de las torres gemelas de Nueva York, o la matanza del 11 de marzo en Madrid o el intento frustrado del 23F, etc. En mi caso, por mi profesión, tengo bien presentes, y recuerdo con toda suerte de detalles, aquellos graves sucesos y algunos otros más próximos o más lejanos.
¿Qué hacía yo la tarde del 23 de febrero de 1981? Pues, sencillamente, trabajar en mi despacho de la dirección del diario malagueño “Sol de España”. La noticia del día, más que cantada, era la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno, acto institucional que se celebraba en el Congreso de los Diputados, tras la tempestuosa dimisión del anterior presidente Adolfo Suárez. Debería salir Calvo Sotelo a la segunda votación, ya que en la primera del día 20 no había logrado la mayoría. Pero llegó un guardia civil con bigotes, empezó a dar tiros y se lió la de dios es cristo. Ráfagas de metralleta, gritos, empujones y amenazas. Impactos de bala en el artesonado, que todavía se conservan. La radio nos sorprendió con la noticia de que algo raro y gordo pasaba en el Hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. Pasado un cortísimo espacio de tiempo, una sospechosa música clásica y unos paisajes bucólicos sustituyeron de pronto la programación normal en Radio Nacional y en Televisión Española.
Un rato más tarde, recibimos una inquietante e inesperada visita en mi periódico. Súbitamente, la puerta de mi despacho se abre y aparece un teniente de la Policía Nacional acompañado de varios números. El oficial, sin siquiera identificarse, se cuadra muy marcial ante mí, da un taconazo y me dice a voz en grito que viene a protegernos. A protegernos,¿de quién?, le pregunto con temor. Levanto el teléfono y llamo al gobernador civil, que tarda en ponerse. Me asegura, en su pausado tono canario, que él no ha mandado a nadie al periódico y que no tiene ni idea de lo que está pasando. “Ni puta idea”, asegura (textualmente) muy preocupado. Son los momentos en que más miedo me entra por el cuerpo… no sólo a mí, sino a todos cuantos estábamos trabajando. Pero aún lo paso peor cuando algún compañero me insinúa que “no me destaque”, que esté tranquilo, que, “pase lo que pase”, él será garante de mi integridad. ¡Joder con el avalista! Pase lo que pase, decía. ¡Qué iría a pasar, dentro y fuera del periódico! Me vinieron a la mente historias que siempre se cuentan sobre las represalias de los días siguientes al 18 julio del 36. Le digo al, por otra parte querido compañero, que no se preocupe por mi y le advierto, con mucha rabia, que no me gusta nada que estos indeseables quieran cargarse la Democracia. ¡Con lo que habíamos pasado desde 20 de noviembre del 75 para ponernos medio de acuerdo!
Poco a poco, la Redacción va quedándose sola. Hasta los policías proteccionistas, que habían ocupado las dos entradas del periódico, han desaparecido misteriosamente. Me sentía muy necesitado de algún ánimo o amparo, alguna cercanía, alguna solidaridad, cuando todos los rumores eran adversos y hostiles. A fin de cuentas, yo era el director, sí, pero sólo el director. Mis nuevas llamadas a las autoridades y a los responsables empresariales no obtenían respuesta. Todos se habían evaporado. Estábamos más solos que la una. En Málaga no había quien diera la cara sobre lo que pasaba y sólo sabíamos que el “gobierno de los subsecretarios” había tomado el poder civil y se había instalado en el Palace Hotel, frente al Congreso. No era una noticia totalmente tranquilizadora. En Valencia, los tanques se paseaban por las calles. Y el Rey permanecía en silencio.
A la Redacción llegaban pitadas telefónicas de algunas noticias curiosas que parece ser sucedían en Málaga: políticos que habían cogido un barquito y se habían largado a todo trapo con viento fresco de cola; otros políticos que se habían perdido con sus coches carretera de los Montes arriba; algún exaltado romántico de la izquierda asilvestrada que había rescatado del armario su amada escopeta revolucionaria por si tenía que echarse al monte; destacados ultra conservadores de la ciudad que ponían a punto sus camisas azules y sus correajes, prestos al inminente desfile triunfador y al correspondiente ajuste de cuentas. Y el alcalde y algunos munícipes constitucionalistas que permanecieron valientemente en el Ayuntamiento a lo que Dios quisiera. Y así, con teletipos confusos y noticias intoxicantes y desagradables, pasó la tarde de la sorpresa informativa y llegó la noche de los transistores.
Al fin, sobre la una de la madrugada, aparece el Rey en la televisión, con la cara pálida y el uniforme militar de máxima graduación. No es que las palabras del Jefe del Estado nos tranquilizaran absolutamente. Nada de eso. El impacto de su aparición tardaría todavía un poco en surtir el efecto deseado. Pero sí nos dio alguna pista de que el guardia civil de bigotes y el teniente general también de bigotes y quienes, desde la cobardía del anonimato, habían montado aquel esperpento, no lo iban a tener muy fácil. Sin embargo, la noche avanzaba y las pistolas y los puños seguían imponiendo su dialéctica en el palacio de la palabra. El miedo seguía en el cuerpo de muchos españoles, aunque, por supuesto, también había compatriotas que ansiaban el triunfo del golpe. Se añoraba en algunos sectores de la sociedad –los de los privilegios, claro- la política del ordeno y mando.
Y llegó el momento de hacer la primera página y de entregar el periódico a la rotativa. Y ahí, asistido únicamente por dos supervivientes de la Redacción, Orellana y Eichelbaum, apostamos clarísimamente por la Libertad. Nuestro diario “Sol de España” –eso lo pregonaré siempre con verdadero orgullo, como persona y como periodista- se alineó a favor de la Constitución, en momentos que creímos de peligro y que fueron de incertidumbre y de temor. Escrito permanece en las hemerotecas. Esperé a llevarme el periódico recién impreso y me quedé en casa frente al televisor hasta que, ya al mediodía del 24, asistí al patético espectáculo de los guardias escapando por las ventanas del Congreso como si fueran ladrones. Y es que en realidad, eran ladrones. Claro que eran ladrones. Querían robarnos nuestro derecho a ser personas libres.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, 22 feb. 2009)