Vuelva usted Mañana

Apoyo a Xiaobo, un Nobel encarcelado

Los máximos dirigentes de China han declarado la guerra diplomática al mundo entero cuando han sabido que el Premio Nobel de la Paz ha sido concedido a Liu Xiaobo, un escritor activista, encarcelado (con condena de once años) por haber firmado un manifiesto pidiendo elecciones democráticas y libertades para su país. Y no solo eso. El gobierno de Pekin ha detenido también a la esposa de Xiaobo. Y, además, se está enfrentando a las naciones más poderosas que les reclamaban apertura y derechos humanos. Y ha endurecido su política represiva deteniendo a varios centenares de personas más que mostraron en las calles su solidaridad con el prisionero. La inmensa mayoría de la población china ni siquiera se ha enterado del reconocimiento del Nobel a uno de los suyos. Los movimientos de las grandes organizaciones mundiales pro libertad, las protestas masivas de intelectuales de todo el mundo, las millonarias muestras de presión y de disconformidad internacionales, son despreciadas sistemáticamente por Pekin, insensible a la posibilidad de un avance en los derechos de las personas.

Esa es la noticia que, como se ve, no tiene forma de ser combatida, salvo la opción de unirse a la estéril llamada universal de solidaridad en favor de un hombre que sólo pide libertad. Te da rabia, te rebela, pero nada puedes hacer ante las decisiones que toman unos seres super poderosos, atrincherados tras la más ignominiosa forma de gobierno que, además de represaliar y reprimir los más prioritarios derechos del hombre, practica sistemáticamente la pena de muerte (que, por cierto, también se ejerce en algunos estados de Norteamérica). Han considerado una afrenta el Nobel para un activista disidente, al que califican de “peligroso criminal”.
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Añado unas pinceladas breves para visualizar, a grandes rasgos, el escenario de la noticia bárbara que comentamos. Después de miles de años de civilización y tras abolir las dinastías para experimentar diferentes planes revolucionarios históricos, crueles, ambiciosos, que debían transformar el paisaje y el paisanaje, China, el país más poblado de la tierra (1.300 millones de habitantes) emerge ante el mundo como un nuevo tigre que amaga con dos zarpas bien diferenciadas: una, salvajemente capitalista, a modo de escaparate comercial, con millones de millonarios recién paridos dominando los negocios fáciles en las megalópolis (sólo en Shanghai habitan casi 17 millones de personas), y otra, hermética, represora, feroz y ultra conservadoramente comunista, plantada en Pekin, salvaguardando férreamente su ideología involutiva, con las cárceles atiborradas de disidentes que sólo piden un poco de libertad de expresión.

El poder ejecutivo de este colosal y complejísimo gigante, potencia nuclear peligrosa, económica y humana, lo ejerce un comité de rígidos mandatarios anclados en la intransigencia y la arrogancia de un tiempo anterior. China, con casi diez millones de kilómetros cuadrados (el cuarto país más grande del mundo) es una amalgama de viejas culturas, antiguas religiones, diferentes lenguas (aunque una sola, el mandarín, la hablen 850 millones de chinos), por lo que es difícil imaginar cómo se desenvuelve, cómo se maneja, cómo puede rebelarse la ciudadanía ante tanta represión y tan diversas formas de vida.

China es un coloso mundial al que difícilmente puede doblegar ningún otro país. Entre otras cosas, porque el juego en el que se mueven los grandes países no es, precisamente, el juego de la democracia universal, la justicia, la libertad y los derechos humanos, sino, mucho más simple que todo eso, el juego de los intereses económicos, el juego del control de las energías, el juego del poder.

Liu Xiaobo recibirá mucho apoyo lejano en forma de grandes y meras manifestaciones, a través ampulosas declaraciones gubernamentales, exaltaciones de medios de comunicación libres, pero la verdad es que en Europa, en América, importa muy poco, en el fondo, que Liu Xiaobo y algunos miles de compatriotas suyos estén encarcelados. A los gobiernos del universo les preocupa mucho más que las autoridades de Pekin puedan cabrearse y, a partir de ahí, se tensen las relaciones internacionales. Por eso no habrá ningún tipo de boicots internacionales ni comerciales ni económicos, ni tampoco acciones contundentes. No estamos hablando de Irak. Estamos hablando de China.

Desde este rincón remoto, nuestra modestísima gota de solidaridad hacia un hombre que representa los anhelos y las ansias de libertad de 1.300 millones de seres humanos.

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