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En tiempos de sueños juveniles, Antonio Parra y yo compartimos redacción en “Sol de España” , aquel periódico del que no se deja de hablar, por mucho tiempo que haya transcurrido desde que no se edita. Eramos tripulantes ilusionados de un buque periodístico que, sin que lo intuyéramos, iniciaba una corta y tormentosa singladura de sólo quince años acompañando a nuestro país por las rutas de la transición hacia la esperanza. Algunos de aquellos periodistas, Antonio Parra entre ellos, resultarían damnificados por unos capitanes ocasionales que, haciendo paréntesis doloroso en una trayectoria liberal como fue siempre la del periódico, quisieron gobernar la nave con obsoletos, intransigentes e intolerantes conceptos morales, atropellando la sacrosanta libertad personal de unos seres humanos. Se les excluyó de participar en una aventura preciosa, pero quizá se les proporcionó la ocasión de otra vida mejor y, para ellos, mucho más libre y creativa. Algo tuvieron que ver en aquella injusticia la agudeza literaria de sus plumas, celebrada por infinidad de lectores; su progresismo practicante, su valentía para afrontar los retos de una España libérrima que no permitiría en el futuro los abusos del poder machista.
Sólo les quedó, a Antonio Parra y a sus compañeros poetas, alejarse de la intolerancia y buscar destinos abiertos donde cupieran, no una sino todas las libertades, Y se produjo el éxodo. Antonio abandonó Málaga y abandonó España. Vivió en Paris, la meca de la cultura mundial. Y vivió en Italia, pero no en cualquier sitio de Italia Trabajó y vivió en Verona, llevando los asuntos del escultor malagueño y universal Miguel Berrocal y desde allí viajó por el mundo. Y trabajó y vivió en Venecia, ciudad en cuya famosa Bienal colaboró activamente.
Melillense de nacimiento, renacido poeta malagueño, galerista, periodista, crítico de arte (en “Diario 16” hasta la desaparición del periódico), Antonio, como otros buenos amigos a los que llevo siglos sin ver, ha practicado conmigo una elegancia muy de escritores que es la de regalar libros, pero en este caso no un libro cualquiera sino uno escrito por él, el último por ahora, que se titula -vaya título tan bello- “El Nombre de la Tierra”, con el que acaba de ganar el Premio de Poesía de Rincón de la Victoria “In Memoriam Salvador Rueda”, convocado por el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria, y dotado –lo siento, amigo, pero debo decir que la buena poesía se cotiza- con nueve mil euros. Un prestigiosísimo jurado decidió elegir la obra de Antonio entre un sinfin de trabajos presentados.
Hoy quiero rendir homenaje a un poeta que, tras sobrevolar otros territorios, decidió volver a su Málaga adoptiva y echar aquí las raíces definitivas para seguir haciendo poesía, que es la tarea única a la que se dedica en cuerpo y alma.
“El Nombre de la Tierra”, su libro último, es una pieza cuidada, de esmerada presentación, editada con el buen gusto que requiere la mejor prosa poética, una joya para los amantes de lo exquisito. Las palabras te envuelven desde el primer aliento y te llevan a emociones imaginadas, a tierras diferentes, a vivencias lejanas. Antonio se esfuerza en crear lo sencillo: un mundo muy íntimo en torno a unos lugares muy suyos. El sentimiento, su sentimiento, forma parte de la tierra, de su tierra, de sus tierras.
Felicidades, Antonio, por este libro de poesías que se gana con facilidad el corazón de los lectores. Felicidades, en “El Nombre de la Tierra”.
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Os recomiendo la adquisición de “El Nombre de la Tierra”, Editorial Renacimiento, 2011
Es fácil localizarlo en diferentes librerías. Os facilito una de ellas: la Fnac:
http://libros.fnac.es/a632100/Antonio-Parra-El-nombre-de-la-tierra
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(En la foto, acto de presentación del libro. A la derecha, Antonio Parra)