No por ser impertinente, maleducado, agresivo e inquisidor se es periodista. No por ser osado ni ostensiblemente indocumentado se es periodista. Es verdad que cuenta mucho, en los estragos que hace esta epidemia, la llegada en tromba a la tele de especímenes que toman alegremente el nombre de periodistas o “comentaristas de actualidad” y que están encantados de que les haya picado el bichito de la irresponsabilidad que, por cierto, les está haciendo ricos.
Pero no son ellos, sino los programadores, quienes entienden que el buen periodismo, el de dar bien las noticias, no “vende” lo suficiente. Ni que las noticias que interesan son las que tienen algún tipo de repercusión que no sea el puro divertimento del circo romano. Hay un cambio sustancial en la apreciación de la noticia. Estirando hasta el absurdo el viejo axioma de que “a la gente le interesa la gente”, se estiman como prioritarias las bajas pasiones, las ruindades personales, los cuernos, las venganzas, las heces, todo ese caldo maloliente que se cuece a fuego lento durante las largas tardes televisivas. Las crucifixiones o juicios paralelos. El show de las tripas.
De ahí que los telediarios, en los que se permiten las tonterías justas, ya no sean como los de antes. Hay que imponer la otra forma de hacer periodismo: el antiperiodismo, al que se llega sin más requisitos que haber pasado por una escuela de holgazanes y analfabetos, como “Gran Hermano”, o haber estado casado/a con una celebridad o haberse acostado con el cuñado de la novia de la quinta amante de Paquirrín. O de Falete.
Pero, para evitar que se deteriore ese nuevo concepto de dar las noticias, los programadores crean nuevos espacios con periodistas “de verdad” que deben plegarse al original sistema de acosar y acusar al entrevistado (alguien famoso, alguna autoridad nacional), sacarle los colores, ponerlos en ridículo. Primero fue el ”Caiga quien caiga” del Wyoming, que tuvo mucho éxito; después le siguieron otros compañeros, como el de “Salvados”, y ahora lo protagonizan un grupo de mujeres que tendrán la misión de ejercer como moscas cojoneras para solaz de la audiencia. Nada que objetar cuando el periodismo toma caminos que considera válidos y novedosos, aunque a uno, personalmente, no le guste. Innecesario es decir que hay un público mayoritario que babea cuando se ataca sin piedad a la gente importante; gente que se rompe las manos aplaudiendo a las princesas del pueblo, esas deliciosas criaturas guapas, instruídas y educadas que dan lecciones de modales y de saber estar.
Son los signos de este tiempo. Quizá sea la crisis, no la económica, sino la otra. Todo tiene que ser convertido en negocio. Dicen ellos que manda la audiencia. Pero es mentira. Absolutamente mentira. Mandan ellos.
Es un asunto complejo, desde luego. Nadie debería hablar de lo que no sabe, menos públicamente. Esta ‘nueva’ tendencia tuvo su primer gran asalto con el asesinato de las tres niñas de Alcaser y la actuación de los ‘medios serios’, principalmente de las televisiones (que entonces todavía lo eran).
Pero es que en la Operación Malaya este pseudoperiodismo demostró tener mejores fuentes que la prensa convencional. Llegaron a entrevistar a Cachuli para preguntarle si sabía que le iban a detener esa mañana.
Estas situaciones tienen una serie de consecuencias legales, de ética profesional, etc., pero el dinero que se levantan las productoras parece que es suficiente para costearlo todo.
Ese mercado está claro que funciona. Los que queramos otro tipo de productos tendremos que abrir o acudir a otros mercados en los que, quizá, el precio no sea la divisa principal.