Para la lírica nunca corren buenos tiempos, para la política parece que tampoco. “En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”, Einstein dixit. Pero ningún ningún líder, ningún capitoste, ningún dirigentillo hacen caso a alguien que también afirmaba que “la palabra progreso no tiene ningún secreto mientras haya niños infelices”. El progreso anda cojo. No es su tiempo tampoco.
Desde que se inició la crisis económica, provocada por los amos del dinero, que siguen reunidos en Wall Street, tan panchos, poniéndose las botas y marcando directrices a todo el mundo, es como si la alegría se hubiera largado de nuestras vidas. Se percibe en el ambiente. No es ya que falte imaginación para combatir esta desgracia impuesta por los beneficiarios del sistema más miserable y egoista que se ha inventado, quiero decir que ellos mismos han inventado y no dejan de perfeccionar. Es que ni siquiera hay un deseo de afrontar la adversidad con buen ánimo.
Es la desafección política, explican los entendidos. No nos creemos a los políticos porque nos confunden, y nos fastidian, con sus decisiones. Te defrauda que sea la llamada izquierda la que tire por la borda los logros y avances históricos de la clase trabajadora, te desalienta que sean los sindicatos los que se dediquen a vegetar y a defender sólo a quienes trabajan, olvidándose de los millones de parados que ha producido la crisis, y que ahora vengan con una estéril, inútil y carísima huelga general para justificarse a ellos mismos tras su ineficacia; te descorazona que la derecha juegue al uso permanente de la demagogia populista y a la ocultación de sus miserias, con la única, interesada y obsesiva misión de alcanzar el poder. Pero el poder por el poder.
Está explicada la desafección política. Ningún partido ofrece soluciones para evitar el paro, para mejorar la producción, para retornar a aquel tiempo mejor que, creo, no volverá. Tampoco los sindicatos. Ni los empresarios. Nadie tiene soluciones. Todos permanecen acurrucados, disimulando su impotencia, sometidos al dictado neoyorquino de los cuatro sinvergüenzas que, enriquecidos hasta la obscenidad, nos hundieron en la mierda hace tres años y siguen mandándonos deberes para segur haciendo lo que les dé la gana.
El ciudadano no se cree al político, pero es porque el político no tiene en cuenta al ciudadano. Las expectativas, además, no son animosas. No parece existir por el momento nadie que abandere una nueva ilusión, alguien honesto, preparado, creible, con ideas, que, aunque sólo nos prometa sudor y trabajo, nos ponga una meta y nos proporcione una motivación estimulante para hacer frente a esta crisis, superarla y recuperar la alegría de vivir. Alguien que despierte un nuevo sentimiento de participación colectiva, alguien que no margine a los ciudadanos, alguien que nos haga consumir y levantar por nosotros mismos la economía que nos fue arrebatada impunemente.
Lamentablemente, mantengo mi teoría de que los mejores de la sociedad andan alejados del desacreditado mundo de la política. Deben habitar en la Universidad, en la empresa, en territorios menos peligrosos y más fructíferos, donde la gestión está exenta de execrables decretos de caza y captura del enemigo. Desde luego, donde no están es en los nauseabundos espacios de la televisión privada, horror de los horrores. Tendrían que oxigenarse mucho y adecentarse más los ámbitos del poder para que la gente verdaderamente valiosa y preparada diera el salto a la política.
O sea, que se dan las condiciones para que aparezca un nuevo Gil embaucador u otro personajillo televisivo que encandile a las masas con frases tópicas y merdellonas y con argumentos infantiles. El Señor no lo permita.
Insisto con Einstein: solo la imaginación nos puede sacar de este lío. Y darnos un poco de marcha, estando como estamos tan mustios, tan tristes, tan desasosegados, tan tiesos.
No soy pesimista por naturaleza. Pero… a ese alguien, que coincido que necesitamos, ¿lo dejarán ser o hacer? ¿Podrá alguien con esas capacidades moverse en el fango? Personalmente lo veo difícil.
Cuando vemos que un político no quiere para él lo que quiere para la gente. Cuando vemos políticos de dudosa honorabilidad, formación y capacidades arropado por sus partidos. Cuando vemos tirar el dinero por una foto o reportaje. Cuando vemos la camarilla de chupones y pelotas viviendo del cuento. Cuando vemos la escasa formación y capacidades. Cuando vemos que la palabra productividad no tiene significado. Cuando vemos que los puestos de confianza son dados por cualquier razón excepto por conocimientos y formación. Cuando vemos los lumbrerismos marketinianos destinados al autobombo…
Es descorazonador.
Y ante esta situación, cada día más evidente, ¿qué se puede hacer?
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