Vuelva usted Mañana

Agosto no es para el verano

Como cada estío, quizá éste un poco más, Agosto ha sido terrible. Atrás quedó, gracias sean dadas a quien corresponda, el mes de las tribulaciones. Calores inhumanas, mescolanzas  de sudores, desodorantes y vestimenta estrafalaria; ferias cutres, alcohólicas, insoportables; algarabías forzadas, calles irrespirables…, el ambiente típico indeseado del que, inevitablemente, termina huyendo la gente seria que busca ansiosa lugares distintos y distantes. Unos buscan, para superar los días de terrorismo climático, el destino alternativo, como hace un amigo que tengo, director de hotel, que, harto de tanto sol, se va cada año a agostear en invierno a tierras lluviosas. A otros, en cambio, a mi, por ejemplo, nos gustan las capitales europeas con encanto y con historia, donde te pierdes en cualesquiera de sus mil atractivos.

Desde el 98 no visitaba Roma. Qué recuerdos. El patético, raído y descolorido ropaje hecho jirones, de los centuriones, cascos abollados de cartón piedra, pidiéndonos fotos retribuidas a los turistas alrededor del Coliseo. El bullicio de su anarquía urbana, la saña de sus locos conductores lanzándose, impunes y sin piedad, a la caza de los ancianos que cruzan lentamente los borrosos pasos de cebra. La Plaza del Vaticano plena de sol, de cuervos y de estrambóticos curiosos; las delicias de los atardeceres gastronómicos del Trastevere, la historia de Césares y arcos triunfales escrita en piedra mires a donde mires. Echaba de menos las turbulencias vitales de la ciudad más viva y abierta que conozco y en la que más he caminado y más aprisa de todos los lugares que he pateado.

Y también añoraba el Paris de Montmartre, de la placita (“Du Tertre”) con más concentración de artistas por decímetro cuadrado del mundo, en la que un dibujante sagaz me hizo a traición una buena caricatura mientras, tomado por tonto, posaba para otro (mal) caricaturista al que también tuve que pagar; el Paris divertido del Moulin Rouge, el Paris culto del Louvre, el de misa de doce en Notre Dame, el de la Torre Eiffel, el de las terrazas y cafés del Barrio Latino donde se practica el espectáculo más reconfortante y antiguo de la humanidad que es el de sentarse a ver pasar a la gente; el Paris que huele a libertad y un poco también a shawarma.

Y Berlín, mi capital más querida desde que la conocí partida en dos, herida de muerte por una cicatriz de guerra fria y luego recuperada con un montón de belleza añadida. Otro lugar para la huída del agosto tórrido del Sur. Del puesto fronterizo de Checkpoint Charlie, sólo quedan cuadro paredes y, junto a ellas, el museo del horror de las escapadas heróicas pagadas muchas veces con la propia vida. Una agente del lado de la intransigencia me dio un susto amenazándome con dejarme sin pasaporte en territorio comanche. Era un problema de fisonomía. Mi foto y yo no parecíamos el mismo. Y la “vopo”, una rubia tremenda, rodeada de otros “vopos” armados hasta los dientes, no se fiaba un pelo de mi barba. Todo se resolvió poniendo ella la mala leche y poniendo yo la parte necesaria del espectáculo ante mis compañeros: cara de pánico y ganas locas de salir corriendo. Las gigantescas colmenas humanas del socialismo engañoso y las huellas ruinosas de los bombardeos, que quisieron perpetuar para dar ejemplo de la saña vencedora, fueron arrastradas por el viento de la paz y son hoy modélicos referentes arquitectónicos, bellas edificaciones en Alexanderplatz, que ennoblecen la otra parte del muro de la capital de la Alemania más democrática de su historia. El Berlin de la Ku´Damm, de los museos, de la convivencia, aquella ciudad para viejos, de donde habían huido los jóvenes, y donde no quedaban niños, aquella especie de isla condenada a no tener futuro, consiguió su anhelado sueño de volver a ser la capital de todos y a ejercer el liderazgo cultural más atractivo del mundo. Una ciudad para disfrutarla en cualquier agosto del año.

Así es que, finalizado el mes asfixiante de las vacaciones, regresa uno de su éxodo y vuelve, energético, a la rutina de la normalidad. Esta vez mi huida de ferias apretujadas, multitudes playeras, calles hirvientes, tanto calvario, no fue cogiendo un coche o un Ave ni tomando un avión ni subiendo a un crucero ni visitando de nuevo Roma, Paris o Berlín (soñándolas, si acaso), aunque hubiera sido un placer, sino refugiándome en soledades atenuadas con aire acondicionado, en las que, por cierto, no se vive tan mal. Algo tengo aprendido, no de ahora, desde hace muchos años, y es que agosto no es un mes para el verano.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga“, el 5 de septiembre 2010)

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