Comer en El Bulli cuesta casi doscientos cincuenta euros. Por persona. Y es preciso estar dos años en la lista de espera. Claro que son treinta y dos platos los que te sirven, sofisticados, deliciosos, únicos, delicatessen pura. Te reciben como si fueras un duque, te muestran la cocina, te lo explican todo muy bien y te tienen allí, extasiado o anestesiado de sabores, al menos cuatro ó cinco horas hasta que te vas satisfecho, dispuesto a volver y presto a contar a tus amigos cómo te ha dado de comer el mago Ferrán Adriá.
Lo digo como si yo hubiera estado allí. Pues, no, no he ido todavía, pero siempre hay amigos crueles que se regodean contándote cómo es el paraíso en la tierra. Yo estoy esperando el euromillones para recorrer el mundo a través de sus mejores restaurantes. A ver si me decido a jugar.
Empezaría por El Bulli, que ha ganado otra vez el título mundial encabezando la lista de los cincuenta más selectos. Qué alegría estar en la élite. España se mejora a sí misma. Exportamos campeones mundiales de tenis, de Fórmula Uno, de ciclismo, estrellas cinematográficas, baloncestistas, futbolistas, atletas. Y cocineros. También escritores, arquitectos, por qué no decirlo. Hubo un tiempo atrás, mucho más atrás, en que sólo dábamos literatos, poetas y pintores, eso sí, universales, irrepetibles, incluso algunos Nobel.
Por razones biológicas he conocido otra España muy diferente, cercana en el tiempo, reciente, en la que los Pirineos separaban Europa de Africa, años en los que entrábamos a los sitios internacionales por la puerta de atrás –en los aeropuertos de Londres nuestro acceso era casi el de los apestados- y que valorábamos como éxito, a modo de chiste, el hecho de que regresaran sanos y salvos nuestros nadadores olímpicos.
Espero que me toque esa primi europea porque sería la única manera de satisfacer mi anhelo personal de degustar la gastronomía más selecta de los cinco continentes. Qué pasa, colega. Es un sueño nada más. Hay mucha gente que, si coge setenta millones de euros por la via de la suerte, lo primero que haría sería mandar a tomar por c… al jefe y largarse inmediatamente al Caribe a que lo abanique una mulata. O un mulato. Yo visitaría los cincuenta templos del buen yantar seleccionados como los más exquisitos Por cierto que, para recrearme en cuatro de los diez primeros, no tendría que salir de España.
No está nada mal que España ocupe el primer puesto en el ranking universal de la gastronomía, que es una parte de la Cultura y, además, de consumo diario. Es un placer para los cinco sentidos sentarse ante esos platos prodigiosos que preparados por estos chefs magníficos, parecen auténticas, aunque efímeras, obras de arte.
Es verdad que la decoración de los platos es parte importante de su atractivo culinario. Se dice que se come por la vista. Será por eso que comer bien cuesta un ojo de la cara.