El más principal problema de la crisis que nos gobierna es que genera paro, y la peor consecuencia del paro es que reduce los ingresos, de manera que, al disponer de menos dinero, la gente se desconecta automáticamente, y a su pesar, del irrefrenable frenesí de las compras compulsivas. O sea, que la dichosa crisis no solo trae consigo una catástrofe económica sino también un desarme moral de proporciones gigantescas. Los valores máximos de los años del despilfarro han sido vivir a lo grande, adquirir pisos, hipotecarse hasta las ojos, comprarlo todo, gastarlo todo, dar gusto al cuerpo y olvidarse totalmente del espíritu. Pero tan maravillosa forma de vida se nos está yendo, con perdón, al mismísimo carajo. Los usos, costumbres y formas de vida que nos hemos dado durante la “década alegre” se están escurriendo por el desagüe ante la desesperación de quienes pensaban que lo bueno no se acabaría nunca. Qué hacer, a partir de ahora, para llenar el vacío existencial que deja un tiempo que no ha de volver. No es que el personal esté harto del vicio consumista; es simplemente que ya no es posible mantenerlo al mismo nivel.
Tiemblan las estructuras materiales, sí, pero también las del intelecto. Si no podemos trabajar ni podemos comprar, cómo vamos a vivir, a qué vamos a dedicar el tiempo libre. Algo habrá que pensar. ¡Pensar, he ahí el verbo, he ahí la palabra! O, al menos, eso creen los ingleses que presumen de haber hallado una fórmula para devolvernos a la racionalidad. En Londres funciona, desde hace un par de años, un centro de estudios muy original que se llama The School of Life, la Escuela de la Vida. Su objetivo es marcar una nueva tendencia social: potenciar la mente, buscar un sentido positivo a la vida, cultivar el espíritu, desarrollar la curiosidad intelectual, ampliar conocimientos, practicar el placer de la conversación inteligente. O sea, extender a la plebe la rara patología de pensar que sólo afecta a unos pocos. Casi ná.
A partir de ya, los mandamientos del nuevo sistema de vida debieran ser: ilustrarse, relacionarse, intentar ser felices; afrontar y combatir con buen espíritu las rémoras de la convivencia – concepto exacerbado de patria, violencia, envidias-, rebajar la mediocridad, la intransigencia familiar, la insatisfacción laboral; lograr, en suma, el dominio del conocimiento, la ilustración y la información sobre el embrutecimiento, el analfabetismo y el apoltronamiento. Es decir, la cuadratura del círculo. Difícil, ¿no?, por no decir utópico, este propósito de cambio tan radical.
La Escuela de la Vida londinense se inauguró justo el día, hace dos años, en que se anunciaba al mundo la catástrofe financiera del avaricioso banco norteamericano Lehman Brothers, causante de tantas desgracias desencadenadas. Un sistema de vida finiquitaba y había que sustituirlo por otro menos cruel, más justo, menos egoísta, más participativo. Y más ameno, porque la competitividad debería abandonar el ámbito de la codicia personal y trasladarse al de la cultura: elegir bien los libros, escuchar buena música, recrearse ante el arte. Las nuevas asignaturas sociales tendrían que despreciar la agitación, la impostura, y devolvernos al mundo del raciocinio, de las ideas, del diálogo.
Los nuevos vientos tendrían que aprovecharse para barrer, también, los sectarismos, la intolerancia, los griteríos, la prepotencia. Y para traer un poco de calma, de serenidad, de credibilidad en el sistema. No vemos a los políticos ocupados y preocupados en arreglar la puñetera crisis. Los vemos enfrascados en monólogos de besugos y enrocados en posiciones extremas. No oímos a los grandes tribunos expresar sanas opiniones. Los contemplamos como energúmenos de salón escupiendo difamaciones y calumnias interesadas. Ni siquiera vemos a los más famosos críticos deportivos ensalzando como debieran al mejor fútbol español de la historia, sino emponzoñando y enfrentando a la gente con titulares demagógicos. Iniciativas como la inglesa que comentamos empiezan a prodigarse con la colaboración de figuras de las letras, las artes, el periodismo. Y eso está muy bien. Ir incorporándonos al reino del conocimiento, a sus luces. Ir dejando a un lado la mala sombra.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 14 febrero 2010)