Suelo tener “conciencia histórica” del momento que vivo si realmente se están produciendo hechos de trascendencia para el mundo o, simplemente, para mí. Me acuerdo perfectamente de aquel instante de hace cuarenta años, cuando Neil Armstrong ponía sus pies en la Luna y oíamos los gritos de fascinación de Jesús Hermida, corresponsal de TVE en Estados Unidos. No hay desdibujo en el recuerdo, no hay recreación de la memoria. Todo es muy preciso y muy claro: Yo estaba de vacaciones, a centenares de kilómetros de Málaga, lamentando no vivir con los compañeros de “Sol de España” la noticia del siglo. A eso le llamamos los periodistas deformación profesional, o sea, curiosidad suprema y querer estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Sólo dos, de cuantos veíamos la tele en aquel hogar, aguantamos hasta casi la amanecida para ver en directo el primer alunizaje de un hombre. Todos los demás fueron cayendo, uno a uno, fundidos por el sueño.
Hoy sabemos, con detalle, que España tuvo un papel importante en el Proyecto Apolo. Fue en Robledo de Chavela, concretamente en la aldea de Fresnedillas de la Oliva (Madrid), en el Centro de Seguimiento Espacial, donde se recibió con máximo suspense el mensaje crucial de Armstrong: “Houston, aquí la base de la tranquilidad. El Aguila ha alunizado”, que seguidamente se hizo llegar a la ciudad tejana. El comandante de la expedición pronunciaría luego otra frase, mucho más divulgada, de gran impacto y seguramente muy preparada con anterioridad: “Es un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”, pero el flash de la llegada, escueto y contundente, que era el más esperado, ése llegó primero a Madrid y luego a Houston.
Lo curioso, cuando lo pienso, es que, siendo en teoría un hecho de idéntica dimensión histórica al del Descubrimiento, la llegada del hombre a la Luna no ha resultado tan trascendental, al menos en apariencias. Incluso, todavía hay quien niega que se produjera la hazaña científica. Claro que esos escépticos son los mismos que creen que todo empezó con Adán y Eva y que la tierra no es redonda, sino plana.
¿Por qué no se ha vuelto a la Luna? Quizá porque su interés científico no resultó tan importante y sólo será útil para instalar un potente telescopio, que está en marcha. Quizá porque con Aldrins, Collins y Armstrong, a los que homenajeo, se acabó el misterio y el romanticismo de una Luna idílica. “Buzz” Aldrins dijo también: “esto es una fantástica desolación”. Una roca muerta en el espacio, que afecta a las mareas y a los partos. Para mí, no. Para mí sigue siendo aquella misma Luna que veía las noches de la aventura, imaginándola como el mirador privilegiado de unos valientes pioneros que contemplaban, a su vez, la estampa inconmensurable de nuestro hermoso planeta azul flotando en el horizonte infinito del espacio. Nos cruzábamos las miradas y yo sentía que ese era el dato esencial de la gran noticia.
Excelente redacción, en la que se percibe una bella pasión por lo narrado, a pesar de cometer el error de querer encasillarnos a los escépticos en el grupo de los no secularizados y en el de los retrógrados. Creo en la ciencia por encima de todo, pero me sigue costando la misma vida creer que el hombre llegara a la Luna, mientras Massiel cantaba el lalalá, en una máquina más propia de las ilustraciones decimonónicas de la literatura de Verne que de la carrera espacial…
Desde luego, mejor no lo has podido narrar. Has sintetizado en unos sencillos pero admirables párrafos lo que fue un hito para la Humanidad. Felicidades