Ni siquiera había terminado de escribir el post sobre los peligros de la delincuencia que se desliza por Internet cuando, zás, salta la noticia de que a Tim Berners-Lee, el creador de la World Wide Web (las famosas www, imprescindibles para el uso de la red), le han timado. Fue en Navidad cuando Tim decidió adquirir un regalo a una empresa aparentemente fiable. Soltó el dinero pero no recibió jamás el obsequio porque los vendedores eran falsos vendedores. “Veo difícil recuperar el dinero –dice el resignado Berners a “The Sunday Telegraph”-, aunque la verdad es que no era demasiado.” Aquí no puede hablarse de un hecho virtual. Aquí hay que hablar de un hecho real. Virtual fue la compra. El timo fue real.
Ya digo, en el post que hice para felicitar a Berners-Lee en el vigésimo aniversario de su invento de la web, repasé todo lo bueno y todo lo malo que, creo, lleva consigo la red. El inventor no ha dado mucha importancia al timo de que fue objeto. Sencillamente se confió. Una simple llamada telefónica –reconoció- le hubiera puesto en alerta. Eso pasa en las mejores familias, querido Tim. Pero en lo que sí insiste el brillante profesor es en que la persecución de la delincuencia en Internet debería hacerse con la misma intensidad con la que se hace en el mundo real, por más que, en muchos casos, los delincuentes residan en países distintos a los que habitan los estafados. Y advirtió de los peligros que entrañan los correos basura y los virus, enemigos en progresión, que saturan y desvirtúan un invento tan fantástico como la red. Es necesario proveerse de medios que nos salven de las infecciones informáticas, dice el creador de la web, y me permito añadir yo: es necesario igualmente proveernos de medios que nos aislen de esos especímenes humanos, que son peores que sus propios virus.