Era el año 1969. Trabajábamos duro que te pego con las máquinas de escribir, las linotipias transformaban en pulcros textos tipográficos nuestros trabajos de redacción, se imprimían los periódicos con rotativas que usaban planchas de plomo, el periodismo tenía alta temperatura interior –no tanto exteriormente, aquí, en España porque la censura nos aplastaba-, y, ajenos a unas remotas investigaciones que tenían lugar en la Universidad de California, ignorábamos que justo aquel año se estaba gestando la revolución tecnológica más impresionante de todos los tiempos que daría como resultado una red de redes a la que hoy llamamos Internet.
La vieja expresión de que “el mundo es un pañuelo”, que quiere evidenciar lo pequeño que es nuestro planeta, porque podemos encontrarnos inesperadamente con cualquier amigo, conocido o familiar en lugares, momentos o circunstancias impensables, tiene en la actualidad una interpretación mucho más real, mucho más ajustada a la realidad. Y es que Internet, un prodigio de la comunicación universal, imparable ya, está dando un vuelco tremendo a la humanidad derribando conceptos, acercando territorios, rompiendo barreras.
Primero se traspasaron datos entre dos rudimentarios ordenadores a través de un cable de cinco metros. Eso ocurrió el 2 de septiembre de 1969. Luego, el 29 de octubre siguiente, se realizó la primera prueba de conexión entre nodos de la Universidad de los Angeles y el Instituto de Investigación de Stanford, con una distancia de cuatrocientos kilómetros. Hoy, la red global es tan poderosa (más de mil trescientos millones de usuarios)que lo controla todo, lo sabe todo, lo contiene todo. Bueno, casi todo. Se nos ha convertido en la herramienta imprescindible para trabajar, para trabajar en lo que sea. Una paralización súbita y total de esta fabulosa red de datos causaría el caos. Precisamente el invento surgió para cubrir tal emergencia y para proteger los datos militares mediante accesos múltiples y diferenciados.
La red, con su parcelación en millones de sitios, es el cuartel general de todas las comunicaciones y de una grandísima parte, no todas, de los conocimientos del mundo. Para los mayores es un descubrimiento con posibilidades de expansión sin límites, para los niños es algo insustituible con lo que ya han nacido. Unos la usan por precepto laboral, para investigar, para aprender, otros para no sentirse solos, muchos para traficar, también para delinquir o para el sexo, algunos para jugar, para la ilustración, pero todos, antes o después, terminamos siendo adictos a Internet.
Han pasado cuarenta años desde aquel 29 de octubre de 1969, pero cuando realmente el invento ha tomado una dimensión gigantesca ha sido en los últimos quince años. Hoy, su velocidad de crecimiento es tal que se multiplica por sí mismo cada año que pasa. Internet podría ser la gran esperanza mundial para que todos los países, las religiones, las etnias, todas las mujeres y todos los hombres se entendieran de una vez y acabaran con la violencia y los desencuentros. Hay un potencial tan enorme en Internet, tanta cultura, tantas facilidades, que, al servicio del bien, se convertiría en la utopía hecha realidad. Pero, invento humano al fin y al cabo, la red lleva también en su sangre fuertes dosis de egoísmo y maldad, virus horribles que harán imposible, de momento, conseguir el gran objetivo de las gentes de buena voluntad: erradicar el hambre y la miseria y alcanzar la convivencia pacífica en el mundo.